Facultad de Psicología
Trabajo de Fin de Grado
Conocimientos, Actitudes y Prácticas en el Ámbito de la Sexualidad en Jóvenes de entre 18 y 30 Años
Luz Mª Montalbán Salar Grado de Psicología
Año académico 2020 – 2021
Trabajo tutorizado por Marcos Nadal Roberts
Departamento de Psicología
Se autoriza a la Universidad a incluir este trabajo en el Repositorio Institucional para su consulta en acceso abierto y difusión en línea, con fines exclusivamente académicas y de investigación
Alumna Tutor
Sí No Sí No
Palabras clave del trabajo: conocimientos, actitudes, prácticas, sexualidad, jóvenes, género, educación sexual, salud sexual y reproductiva.
Resumen
El objetivo de la presente investigación consiste en evaluar si existen diferencias en función del género en el conocimiento, actitudes y prácticas en el ámbito de la sexualidad, así como, estudiar la eficacia de un programa de educación sexual en la mejora de estas variables, en jóvenes de entre 18 y 30 años. Para ello, se realizó un estudió experimental con un diseño pretest-postest; y, mediante un muestreo por bola de nieve, se seleccionó una muestra de 103 participantes (48 mujeres, 52 hombres y 3 otro) que fueron asignados de forma aleatoria a las condiciones experimentales (40 grupo control, 63 grupo intervención). Los datos se recogieron a través de un instrumento propio diseñado a partir de otras escalas y cuestionarios validados, así como, por medio de la dinámica grupos focales. La información se analizó mediante los programas Excel, SPSS y JASP. Para la intervención se creó un programa de educación sexual con información actualizada y rigurosa, que se evaluó por medio de una prueba objetiva. En relación con los resultados, en la fase pretest la prueba U de Mann–Whitney muestra que no se observan diferencias estadísticamente significativas entre mujeres y hombres en las variables conocimientos y actitudes en el ámbito de la sexualidad, pero sí en la variable prácticas de salud sexual y reproductiva, siendo los hombres los que muestran mayores prácticas de riesgo;
asimismo, no se ha hallado una correlación significativa ente ninguna de las variables. En la fase postest únicamente se observa una mejoría significativa de los conocimientos en materia de sexualidad, no obstante, esta mejoría no se puede atribuir a la intervención realizada, dado que el U-test entre el grupo control y el grupo intervención no es significativo. En conclusión, se observan diferencias significativas en base al género para la variable prácticas sexuales de riesgo; y se ha obtenido una eficacia limitada por parte del programa educativo para la mejora del conocimiento, las actitudes y las prácticas en el ámbito de la sexualidad.
Palabras clave: conocimientos, actitudes, prácticas, sexualidad, jóvenes, género, educación sexual, salud sexual y reproductiva.
Abstract
The objective of this research is to evaluate whether there are differences according to gender in knowledge, attitudes, and practices in the field of sexuality, as well as to study the effectiveness of a sex education program in improving these variables, in young people between 18 and 30 years. To this end, an experimental study was carried out with a pretest- postest design; and, using a snowball sampling, a sample of 103 participants (48 women, 52 men, and 3 others) was selected and randomly assigned to the experimental conditions (40 control group, 63 intervention group). Data were collected through an own instrument designed from other scales and validated questionnaires, as well as through focus groups. The information was analyzed using Excel, SPSS, and JASP. For the intervention, a sex education program was created with up-to-date and rigorous information, which was evaluated by means of an objective test. In relation to the results, in the pretest phase the Mann-Whitney U-test shows that there are no statistically significant differences between women and men in the variables knowledge and attitudes in the field of sexuality, but there are in the variable of sexual and reproductive health practices, being the men those who show higher risk practices;
likewise, no significant correlation has been found between any of the variables. In the post- stage only a significant improvement in knowledge about sexuality is observed, however, this improvement cannot be attributed to the intervention performed since the U-test between the control group and the intervention group is not significant. In conclusion, significant differences are observed based on gender for the variable risky sexual practices; and limited effectiveness has been achieved by the educational program for the improvement of knowledge, attitudes, and practices in the field of sexuality.
Keywords: knowledge, attitudes, practices, sexuality, youth, gender, sexual education, sexual and reproductive health.
Introducción
La sexualidad humana ha sido abordada desde múltiples enfoques, que se diferencian en su objeto de estudio y su metodología utilizada. Sin embargo, como matiza José Antonio Carrobles Isabel (1990), estos puntos de vista no son opuestos, sino que se complementan, ofreciendo formas diversas de encarar los múltiples factores que definen la conducta sexual.
Por ello, se pretendió unificar los conocimientos procedentes de los diferentes enfoques en el modelo biopsicosocial, desde el cual se definía la conducta sexual como “un fenómeno complejo determinado por múltiples causas, y que estas causas varían en torno a dos dimensiones básicas: su propia naturaleza (biológica, psicológica o social), y el origen innato o adquirido de las mismas” (Carrobles-Isabel, 1990).
Partiendo de este modelo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) (2006) recoge que la sexualidad se ve influida por factores psicológicos, sociales, biológicos, económicos, culturales, políticos, legales, éticos, religiosos, históricos y espirituales. La considera, además, como un aspecto central de la vida de la persona, que abarca diversas dimensiones: el sexo, el erotismo, la identidad de género, el placer, la reproducción, la intimidad y la orientación sexual.
Estas dimensiones se experimentan y manifiestan por medio de relaciones interpersonales, fantasías, deseos, pensamientos, actitudes, creencias, conductas, valores, y prácticas.
En la perspectiva psicológica ocupa un lugar central el concepto de salud sexual y reproductiva a través del cual los seres humanos experimentan su sexualidad. Por un lado, la salud reproductiva consiste en un estado general de bienestar mental, físico y social, en los diversos aspectos, procesos y funciones del sistema reproductivo, así como la capacidad para disfrutar de forma satisfactoria de la vida sexual, en ausencia de riesgos (enfermedades y embarazos) y con la libertad de decisión respecto a su ejecución. Por otro lado, la salud sexual
se define como un estado de bienestar psíquico, emocional, físico y social (no únicamente la ausencia de enfermedad), en la sexualidad; requiere el respeto, la protección y la satisfacción de los derechos sexuales, los cuales defienden el establecimiento de relaciones sexuales seguras y placenteras, en ausencia de coerción, violencia o discriminación (Mazarrasa-Alvear y Gil- Tarragato, 2006).
Sin embargo, en las últimas décadas se ha producido una aceleración de la pubertad respecto a las generaciones anteriores, alcanzando una madurez sexual entre los 8 y 13 años en el caso de las niñas, y entre los 9 y 14 años en el caso de los niños. Esta situación ocasiona que se alcance el desarrollo sexual antes de concluir la maduración cognitivo socioemocional, lo que conlleva consecuencias para la salud sexual y reproductiva. Entre otras de estas consecuencias, se incrementa la posibilidad de implicarse de forma temprana en relaciones sexuales, con un uso erróneo, o desuso de los anticonceptivos, aumentando el riesgo de embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual (Ruiz-Sternberg et al., 2002).
Los últimos datos recogidos por el Instituto de la Juventud en 2019 (INJUVE) publicados en el Informe Juventud en España 2020 (IJE2020) en relación con la sexualidad de las y los jóvenes españoles (N = 5265), muestra que continúan existiendo actitudes y prácticas inapropiadas, así como un escaso conocimiento de la materia (Simón et al., 2020).
En base a la Encuesta realizada por el INJUVE en 2019, la edad de inicio de las relaciones sexuales se sitúa en los 16,2 años. Estos resultados muestran un inició más temprano (de un año) en las relaciones sexuales en comparación con el IJE2016. Entre los factores que influyen sobre la edad de inicio destacan:
- El género, las mujeres tienen su primera relación sexual más tarde, lo que coincide con datos obtenidos anteriormente por García-Vega et al. (2010).
- La edad, las personas más jóvenes encuestadas (15-19 años) tienen un inicio más precoz, a los 15 años, en comparación con los más mayores (25-29 años) que se retrasa a los 16 años.
- Las creencias religiosas, ser creyente tiende a retrasar el inicio en las relaciones sexuales.
- La orientación sexual, quienes se identifican como no-heterosexuales inician sus relaciones sexuales antes que quieres se identifican como heterosexuales.
- El nivel educativo, las personas que no continúan con sus estudios tras la educación secundaria mantienen relaciones sexuales a edades más tempranas que las personas que continúan sus estudios más allá de la secundaria.
En cuanto a las relaciones sexuales con penetración, se observa que el 72% de la muestra las ha realizado, y que están más presentes a medida que la persona avanza en su desarrollo evolutivo, siendo los encuestados de entre 25-29 años quienes cuentan con un mayor porcentaje (87%; Benedicto et al., 2016; Simón et al., 2020).
Por otro lado, en relación con las garantías de salud (grado en el que los jóvenes utilizan métodos para prevenir o limitar el contagio y trasmisión de ITS y los embarazos no deseados), la encuesta revela que el 74% de los encuestados declara haber tomado algún tipo de precaución en su última relación sexual, siendo el preservativo el método más empleado (80%), seguido de la píldora anticonceptiva (15%), el uso de la cual se ve incrementado con la edad. Lo sorprendente de estos resultados, es que no se han encontrado diferencias significativas en función del género, lo que contradice los hallazgos de Puente et al. (2011), quienes hallaron
que eran las mujeres las que declaraban un mayor número de comportamientos de salud.
Además, un estudio realizado por Uribe-Rodríguez y Orcasita-Pineda (2011), revela que el 28,4% de los estudiantes universitarios encuestados habían tenido que recurrir a la píldora del día después en los 12 meses anteriores. Por último, en relación con el motivo del uso de métodos anticonceptivos, Rodríguez-Mármol et al. (2016) revelan que el 56% de los participantes los utiliza con el fin de prevenir el embarazo, pero que únicamente el 9,5% los emplea para evitar el contagio o transmisión de ITS (Simón et al., 2020).
Asimismo, la Encuesta también recoge el consumo de pornografía, mostrando que únicamente el 33% de los participantes declara no haber visionado ningún tipo de contenido pornográfico, el 7% afirma ver pornografía a diario, y el 21,6% con una frecuencia inferior a un par de veces al año. En cuanto al factor de género, se observa un mayor consumo por parte de los hombres (84,7%) frente a las mujeres (50,2%), siendo éstos quienes se inician antes (a los 16 años). En relación con el motivo de su visualización, según un estudio realizado por Prause (2019), los hombres declaran acudir para masturbarse, y las mujeres por curiosidad.
Además, uno de cada tres jóvenes declara inspirarse bastante o mucho en la pornografía para realizar sus prácticas sexuales, siendo el porcentaje mayor en el caso de los hombres (32%) que en las mujeres (24%), sin embargo, esta inspiración disminuye a medida que se incrementa el grado educativo en la muestra encuestada. Esta necesidad, por acudir a este tipo de contenidos para inspirarse, surge del déficit existente de educación sexual en la educación española. Además, la pornografía produce el refuerzo de los roles de género, situando a la mujer en una posición de sumisión respecto al hombre; afecta a la autoestima de los jóvenes, produciendo un sentimiento de inferioridad por no poder imitar los comportamientos de este contenido; e induce a la realización de un mayor número de conductas de riesgo (Albury, 2014;
Ballester-Brage y Orte, 2019; Peter y Valkenburg, 2016; Simón, et al., 2020).
En relación con los embarazos no deseados, un estudio realizado por Sánchez- Hernández et al. (2020) muestra una reducción en la edad de aparición de estos, siendo más habitual durante los Estudios Superiores. La Encuesta realizada por el INJUVE en 2016 muestra que el 24% de los jóvenes de entre 15 y 17 años se han visto envueltos en un embarazo no deseado, aumentando a un 31% entre los de 18 y 20 años, y a un 38% en los participantes mayores de 20 años. Asimismo, un estudio realizado en 14 países por UNICEF (United Nations International Children's Emergency Fund) en 2015, revela que el 16,9% de las encuestadas entre 20 y 24 años habían tenido su primer hijo antes de cumplir la mayoría de edad (18 años).
Los principales factores que influyen en el desarrollo de embarazos no deseados según Menacho (2004, citado en Armendáriz-Ortega y Medel-Pérez, 2010) son: un inicio prematuro en las relaciones sexuales, cuando todavía no se ha alcanzado el desarrollo emocional óptimo para prevenirlas; pertenecer a una familia disfuncional, que impulsa a la joven a relaciones sexuales precoces por obtener afecto; tener un nivel educativo bajo; pensamientos mágicos en relación con que no quedarán embarazadas porque no desean estarlo; creencia de que son estériles debido a que no se han quedado en cita pese a haber mantenido relaciones sin tomar precaución; distorsión o falta de información; controversias entre el sistema de valores de la joven y el de sus progenitores; factores socioculturales; inexistencia de una educación sexual rigurosa (Benedicto et al., 2016; Born et al., 2015).
Finalmente, en cuanto a las Infecciones de Transmisión Sexual (ITS), en base a los datos aportados por un estudio realizado por Calatrava et al. (2012) con una N de 13.600 participantes, muestra que únicamente el 43,6% de los jóvenes europeos encuestados cuenta con una información rigurosa respecto a las ITS y como prevenirlas. Asimismo, un estudio realizado por Rodríguez-Carrión y Traverso-Blanco (2012) advierte de una falta de educación en los jóvenes acerca de la identificación de las ITS como tal, dado que, exceptuando el VIH,
los participantes no reconocieron como ITS la gonorrea, el herpes, el papiloma, la sífilis, la clamidiasis y la tricomoniasis. Estos resultados se mantuvieron en un estudio posterior realizado por Rodríguez-Mármol et al. (2016).
Es por todos estos datos que se necesita una Educación Sexual Integral, como bien defendía la UNESCO en 2018, con el objetivo de que los jóvenes desarrollen conocimientos, actitudes y prácticas adecuadas, para poder disfrutar de su sexualidad de forma saludable y sin riesgos. A continuación, se realizará un recorrido por la legislación española con el fin de esclarecer la constancia y evolución de la educación sexual en esta.
La evolución legislativa de la Educación Sexual se inicia en 1990 con la Ley Orgánica 1/1990 de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE), en la que se introduce por primera vez la Educación Sexual como un tema transversal en el sistema educativo español.
Sin embargo, en 2002 con la llegada de la Ley Orgánica de Calidad de la Educación (LOCE), se elimina cualquier referencia a la Educación Sexual. Posteriormente, el 4 de mayo de 2006 entra en vigor una nueva legislación educativa, la Ley Orgánica de Educación (LOE), la cual reconoce la diversidad afectivo-sexual, retomando la transversalidad propuesta anteriormente por la LOGSE.
Actualmente, la Ley de Educación vigente en España es la Ley Orgánica 8/2013 para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), en la cual no consta ninguna alusión a la sexualidad, dejando de lado las dimensiones afectivas, sociales y sexuales del alumnado;
únicamente en Secundaria, figura en el currículum contenidos relacionados con la Promoción de la Salud incluidos en la asignatura de Biología como son los métodos anticonceptivos, las infecciones de transmisión sexual (ITS), y la higiene y salud sexual, otorgando a la sexualidad
una cualidad de riesgo y peligro. No obstante, en la legislación española actual figura la Ley Orgánica 2/2010, de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción voluntaria del Embarazo, la cual resalta la necesidad de una Educación Sexual, concretamente en el Capítulo III, en los artículos 9 y 10 se declara que “el sistema educativo contemplará la formación en salud sexual y reproductiva, como parte del desarrollo integral de la personalidad y de la formación en valores, incluyendo un enfoque integral”, defendiendo la igualdad de género, la diversidad sexual y el desarrollo armonioso de la sexualidad contemplando aquellos alumnos que manifiesten necesidad especifica de apoyo educativo (ANEAE), así como la prevención de ITS y embarazos no deseados (Lameiras-Fernández et al., 2016).
Por otro lado, en relación con los modelos de Educación Sexual en España se han sucedido 3 de los 4 modelos que presentaban Lameiras-Fernández y Carrera-Fernández en 2009:
1. El Modelo Moral o Tradicional, el cual se centra en la abstinencia, alegando que la Educación Sexual promueve la promiscuidad y el inicio precoz e inmaduro de conductas sexuales, asocian la sexualidad con las conductas pecaminosas.
2. El Modelo de Riesgos, Preventivo o Médico, el cual se manifiesta con el fin de informar y prevenir los riesgos que conlleva la actividad sexual, (ITS y embarazos no deseados), así como sus consecuencias, resulta una vinculación directa de la sexualidad con el peligro.
3. El Modelo Comprensivo o Biográfico/Profesional, el cual pretende favorecer el logro de la máxima calidad de vida y bienestar personal posible desde la biografía sexual y la identidad personal de cada individuo, propiciando la aceptación de la identidad sexual, así como el aprendizaje de actitudes, conocimientos y habilidades, permitiendo que las personas experimenten la sexualidad en las diversas etapas del ciclo evolutivo.
Diversos estudios muestran la superioridad de este último modelo sobre los otros dos.
Actualmente, pese a que la Educación Sexual Española tiende hacia Modelos más Comprensivos, sigue fuertemente influida por el Modelo de Riesgo, por lo que sería necesario la inclusión de manera efectiva de los aspectos positivos de la sexualidad, como el placer de los jóvenes, que, aunque de cara a aquellos individuos con pene quede recogido en la explicación de la erección y la eyaculación, en las personas con vulva no se trata el tema del placer, centrando únicamente la educación en la menstruación. Además, es necesario una mayor inclusión de las diversas identidades sexuales, así como de las diferentes razas, géneros, (dis)capacidades y clases sociales (Hirst, 2013; Kohler et al., 2008; Lameiras-Fernández et al.
2016; Platero-Méndez, 2012).
Merece la pena mencionar, un estudio realizado en 2012 por Martínez, Carracedo, Fuertes, Vicario-Molina, Fernández-Fuertes y Orgaz, que evalúa la implementación de Educación Sexual en las aulas (infantil, primaria y secundaria), mostrando que el 50% de los docentes no ha abordado a lo largo de su docencia la Educación Sexual, además la mitad de los participantes afirman que la Educación Sexual no es una prioridad en su lugar de trabajo, y el 60% declara que los centros no cuentan con los recursos necesarios para el desarrollo de este conocimiento. Asimismo, el 43,2% de los profesionales, declaran que no han recibido ninguna formación en el ámbito de la sexualidad y su enseñanza, siendo únicamente un 0,5% el que afirma que si se ha formado en esta temática (Martinez-Álvarez et al., 2011).
En relación con la Educación Sexual recibida que refieren los jóvenes, merece la pena destacar los hallazgos realizados por Rodríguez-Mármol et al. (2016). En este estudio con 151 participantes, un 71,5% de los universitarios encuestados declararon haber recibido una Educación Sexual, valorando esta con una nota media de 7,5 sobre 10. En relación con el origen
de la información obtenida, los datos revelan que las 3 fuentes con mayor porcentaje fueron:
las amistades (27%), los padres (25%), y los medios de comunicación (23%); la información procedente del profesorado únicamente obtuvo un 7,2%. Asimismo, Barceló-Martínez y Navarro-Lechuga (2013), tras explorar los conocimientos, actitudes y prácticas en adolescentes entre 10 y 19 años concluyeron que existía una gran inconsistencia entre estos, lo que podría ocasionar un desarrollo equivoco de su sexualidad; por ello, consideran que es necesario implementar una educación sexual rigurosa a lo largo del ciclo educativo de la persona, como ya proponía González-González en 2004, tras obtener los mismos resultados.
Además, es necesario comentar las actitudes (conjunto de sentimientos, creencias y tendencias a la acción) que se pueden desarrollar frente a la sexualidad. En primer lugar, se deben destacar dos conceptos, por un lado, el conservadurismo-liberalismo, basado en el componente mental de las actitudes; y, por otro lado, el concepto de erotofilia-erotofobia (siendo la erotofilia una predisposición positiva hacia los estímulos de carácter sexual y la erotofobia una predisposición negativa) elaborado por Fisher et al. (1988), basado en el componente emocional y conductual de las actitudes. Habitualmente, una persona conservadora será erotofóbica, y una persona liberal será erotofílica, aunque esto no tiene por qué ser así. Nóvoa et al. (2009) realizaron un estudio comparativo entre estudiantes universitarios del curso 1997-1998 y estudiantes universitarios del curso 2007-2008, revelando que se había producido un retroceso con relación a las actitudes frente a la sexualidad de la población universitaria. Dado que, el curso 2007-2008 mostraba una actitud más conservadora y erotofóbica (82,49 puntos sobre 140), en comparación con el curso 1997-1998, quienes se mostraban más liberales y erotofílicos (85,33 puntos sobre 140).
Con relación a las actitudes también resulta fundamental contemplar fenómenos como el machísimo sexual y la doble moral sexual, en el que se otorga una mayor libertad al hombre en las relaciones sexuales, su inicio a una edad temprana, mantenerlas exentas de compromiso, y tener diversas parejas sexuales, en comparación con la mujer (Díaz-Rodríguez et al., 2010;
Sierra et al., 2007). Otros fenómenos interesantes son el amor romántico, en el que la mujer se entrega íntegramente al hombre; y los mitos románticos, creados en el seno de una sociedad patriarcal de los que se nutre el machismo para justificarse, son creencias erróneas acerca del amor compartidas por la sociedad, muy resistentes al razonamiento y al cambio (Bosch-Fiol y Ferrer-Pérez, 2002; Medrano, 2012; Selva-Masoliver, 2011; Yela, 2003). De la revisión de mitos románticos realizada por Yela (2003) merece la pena destacar seis: mito de la media naranja, creencia de que se está predestinados a una persona, y esta es la única posible; mito del emparejamiento, se basa en la monogamia; mito de la omnipotencia, creencia de que el amor puede con cualquier conflicto; mito del matrimonio, creencia de que el amor desemboca en una pareja estable y que la satisfacción sexual solo es posible con ella; mito de la pasión eterna, creencia de que la pasión no disminuye con los años; y el mito de los celos, creencia acerca de que estos son signo de amor (Larrañaga et al., 2012).
Larrañaga et al., (2012) hallaron que el género influye en el rechazo de los métodos anticonceptivos, particularmente del preservativo, además esto se ve aumentado cuanto mayor sea el romanticismo y el machismo. Por otro lado, respecto al concepto de doble moral y al machismo sexual, se observa que es más frecuente en los hombres que en las mujeres (10%).
Asimismo, también se detectado la persistencia de los mitos románticos. En relación con estos últimos un estudio realizado por Bonilla-Algovia y Rivas-Rivero (2018) expone que los mitos románticos que eran más aceptados fueron: el mito de la omnipotencia, el de la pasión eterna, y el de la media naranja.
Finalmente, merece la pena destacar diversos estudios que utilizan un diseño pretest- postest, y realizaron una intervención educativa mediante la transmisión de información para evaluar si se producía un cambio en el conocimiento, las actitudes y las prácticas en el ámbito de la sexualidad. Las investigaciones de Ajuwon y Brieger (2007), Callejas-Pérez et al. (2005) y Sempértegui-Cárdenas (2012) muestran una mejora del conocimiento, las actitudes y las prácticas en salud sexual y reproductiva tras la intervención realizada. En esta línea, Madeni et al. (2011) en un estudio realizado en adolescentes de las zonas urbanas de Tanzania muestra que tras la intervención educativa se produce una mejoría en el conocimiento y las prácticas de riesgo en el ámbito de la sexualidad, no obstante, no se obtuvieron resultados significativos en la mejora de las actitudes. Asimismo, Lugones-Botell et al. (2008) mostraron un incremento de las prácticas de salud sexual y reproductiva tras la intervención, observándose un incremento del uso adecuado de métodos anticonceptivos, un mejor control de la regulación menstrual y la curación de las cervicitis y las leucorreas en la mayoría de las participantes del grupo experimental. Por último, Guerra-Prada et al. (2009), mostró un incremento del conocimiento en contagio, sintomatología y prevención de ITS, tras la transmisión de información.
La literatura comentada hasta el momento apunta a que es necesaria la regulación de la educación sexual por la ausencia o incorrección de conocimientos acerca de la sexualidad que han probado los diversos estudios planteados, y que lleva a los jóvenes a implicarse en actitudes y prácticas de riesgo. De esta necesidad surge el objetivo de mi investigación: estudiar la eficacia de un programa de educación sexual en la reducción de prácticas sexuales de riesgo, favorecer actitudes abiertas, respetuosas, e igualitarias, y aumentar la búsqueda de más conocimiento sobre el comportamiento sexual saludable.
Por ello, planteo las siguientes hipótesis de cara al pretest: (1) un menor grado de conocimientos en el ámbito de la sexualidad produce que los jóvenes se involucren en un mayor número de prácticas sexuales de riesgo y muestren actitudes más conservadoras y erotofóbicas;
(2) las mujeres manifiestan un mayor conocimiento en materia de sexualidad frente al resto de la población; (3) los hombres muestran actitudes más conservadoras y erotofóbicas en comparación al resto de población; (4) los hombres se involucran en un mayor número de prácticas sexuales de riesgo en contraste con el resto de la población.
Por otro lado, las hipótesis que propongo de cara al postest, tras la intervención realizada en el grupo experimental (grupo intervención), basada en la transmisión y comprensión de información acerca de la sexualidad son: (1) el grupo intervención mostrará un mayor conocimiento en el ámbito de la sexualidad frente al grupo control; (2) el grupo intervención habrá reducido las prácticas sexuales de riesgo y mostrará un mayor número de actitudes liberales y erotofílicas, en comparación con el grupo control.
Los resultados de este estudio podrían servir para diseñar e implementar un programa de educación sexual integral y riguroso, a lo largo de las diversas etapas del ciclo evolutivo, presente en todo el desarrollo educativo; enfocado desde un Modelo Comprensivo, que favorezca el desarrollo de la sexualidad asegurando el máximo bienestar posible para la persona.
Esta investigación se ha realizado por medio de una metodología experimental con un diseño pretest y postest, para el cual se ha diseñado un cuestionario con el objetivo de recoger los conocimientos, actitudes y prácticas de los jóvenes entre 18 y 30 años en torno a la sexualidad, así como diversas variables sociodemográficas de interés, a partir de los
instrumentos psicométricos siguientes: Conocimientos, Actitudes y Prácticas Sexuales en jóvenes universitarios (CAPSEX) de Sánchez-Hernández et al. (2020); Escala de Actitudes hacia la Sexualidad Ampliada (28 ítems-ATSS) de López (2003, citado en Diéguez-Ruibal et al., 2005); Cuestionario sobre Conocimientos de Sexualidad Responsable en jóvenes de León- Larios y Gómez-Baya (2018); y Durex Network and Trendwolves de Ph.D. Gino Verleye (2002), traducida al castellano por Sempértegui-Cárdenas (2012). Además, se realizaron 4 grupos focales para ahondar en la variable de conocimientos en el ámbito de la sexualidad. En cuanto a la intervención, esta consistió en la lectura de un PowerPoint diseñado a partir de materiales actualizados, que se evaluó por medio de una prueba objetiva de 35 preguntas de 4 opciones de respuesta.
Método Participantes
En la fase pretest se contó con la participación de 103 personas (48 mujeres, 52 hombres y 3 otro), quienes fueron seleccionados por medio de un muestreo no probabilístico por bola de nieve, debido a la dificultad para acceder a la muestra dadas las condiciones sanitarias del momento (COVID-19). Los criterios de inclusión que debían cumplir los participantes para formar parte de la muestra eran tener entre 18 y 30 años en el momento de la pasación del instrumento; y haber mantenido relaciones sexuales, entendiéndose por estas cualquiera de las siguientes conductas realizadas entre dos o más personas: petting (frotar genitales por encima de la ropa), juegos sexuales, masturbación mutua, sexo oral, y penetración anal o vaginal (con el dedo, con el pene, o con un objeto). Por otra parte, se excluyeron aquellos participantes que no finalizaron el cuestionario.
En la recogida de datos por medio de grupos focales participaron 12 personas (10 mujeres y 2 hombres), que debían haber contestado el cuestionario pretest y haber marcado la opción de que aceptaban la participación en estos.
La asignación de los participantes a las condiciones experimentales (grupo control y grupo experimental) se realizó por medio de una aleatorización, siendo 63 las personas que conformaron el grupo intervención y 40 el grupo control. Del grupo intervención únicamente 45 personas contestaron la prueba objetiva que evaluaba la adquisición de los conocimientos facilitados. Por ello, se designó una tercera condición experimental: grupo intervención que no ha realizado la prueba objetiva (grupo intervención no prueba), conformada por 18 personas.
Finalmente, en la fase postest se contó con 90 personas de las 103 que habían participado en la fase pretest. Las condiciones experimentales quedaron de la siguiente manera:
el grupo control contaba con 35 personas; el grupo intervención con 45 participantes; y el grupo intervención no prueba con 10 personas.
Materiales
Las variables que se recogieron en las fases pretest y postest fueron los conocimientos, actitudes y prácticas en el ámbito de la sexualidad, así como, diversas variables sociodemográficas. Por ello, se diseñó un cuestionario propio (SKAB), adjunto en el Anexo 1, en base a 4 instrumentos psicométricos: Conocimientos, Actitudes y Prácticas Sexuales en jóvenes universitarios (CAPSEX) de Sánchez-Hernández et al. (2020); Escala de Actitudes hacia la Sexualidad Ampliada (28 ítems-ATSS) de López (2003); Cuestionario sobre Conocimientos de Sexualidad Responsable en jóvenes de León-Larios y Gómez-Baya (2018);
y Durex Network and Trendwolves de Ph.D. Gino Verleye (2002), traducida al castellano por Sempértegui-Cárdenas (2012).
El instrumento SKAB contó con 23 ítems que evaluaban variables sociodemográficas como el sexo, la edad y la orientación sexual; y 37 ítems que valoraban los conocimientos, las actitudes y las prácticas en el ámbito de la sexualidad. Para evaluar los conocimientos sobre sexualidad se utilizaron 11 preguntas de respuesta de si / no / no se; y para medir las actitudes y las prácticas en torno a la sexualidad se mostraron 13 afirmaciones por variable, a las que el participante debía responder en base a una escala Likert de 4 puntos en función del grado de acuerdo con la oración planteada, siendo: 1 – Totalmente en desacuerdo; 2 – Parcialmente en desacuerdo; 3 – Parcialmente de acuerdo; y 4 – Totalmente de acuerdo. Además, al inicio del cuestionario se preguntaba por la voluntariedad de participar en la recogida de datos por medio de grupos focales; se solicitaba el email, para poder contactar con el participante en las siguientes fases; y se pedía la asignación de un código, para mantener el anonimato. Tras estas preguntas iniciales, se planteaba el criterio de inclusión de haber mantenido relaciones sexuales. En la fase postest se eliminaron aquellos ítems del apartado variables sociodemográficas que no aportaban nueva información. Concretamente se eliminaron los ítems: 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 16, 15 y 21.
Con el objetivo de ampliar la información acerca de la variable conocimientos en el ámbito de la sexualidad, y detectar los mitos y creencias erróneas, se diseñó un grupo focal, adjunto en el Anexo 1, que abarcaba los siguientes temas: funciones reproductoras del hombre y la mujer; relaciones sexuales; métodos anticonceptivos; derechos sexuales y reproductivos;
ITS; y mitos románticos. Además, para su realización se elaboró un PowerPoint, adjunto en el Anexo 1, para facilitar las dinámicas realizadas durante la reunión.
En base a la falta de información detectada tanto en la fase pretest como en la recogida de datos por medio de grupos focales, se elaboró un material actualizado acerca de educación sexual. Este, se presentó en formato PowerPoint, adjunto en el Anexo 1, y recogía los siguientes temas: comunicación; anatomía y fisiología del aparato reproductor humano; diversidad personal; relaciones sexuales; anticonceptivos; salud sexual y reproductiva; ITS; disfunciones sexuales; y mitos románticos.
Para la evaluación de la adquisición de esta información se confeccionó una prueba objetiva de 35 preguntas de 4 opciones de respuesta, dónde solo una era válida, sin límite de tiempo, adjunta en el Anexo 1. Además, se incluyó el ítem “¿Deseas conocer la calificación obtenida en la prueba?”, con el fin de incentivar al participante a realizar el test de la forma más correcta posible, lo que implicaba un mayor detenimiento en la lectura y aprendizaje de los conocimientos planteados en el material facilitado.
Procedimiento
En primer lugar, se elaboró el cuestionario de la fase pretest, mediante el uso de la web Psytoolkit. Posteriormente, se procedió a la pasación del instrumento; para ello, se contactaba con el participante, se le compartía el enlace y se le animaba a difundirlo con sus contactos.
En segundo lugar, se preparó el material para el grupo focal, se contactó vía email con aquellas personas que habían aceptado la participación en este, y se acordó una cita para su realización. El día acordado se les enviaba por email el enlace a la videollamada por la que se realizaría la dinámica. Previo al inicio del grupo focal se les compartía un enlace con el consentimiento informado (adjunto en Anexo 1) y se les explicaban las instrucciones.
En tercer lugar, se diseñó el PowerPoint con el material de la intervención, y se elaboró la prueba objetiva evaluativa. Se asignaron de forma aleatoria los participantes a las condiciones experimentales (grupo control y grupo intervención) y se contactó con aquellas personas pertenecientes al grupo intervención vía email. En este email se les compartía el material en formato PowerPoint, y el enlace que les derivaba a la prueba. Además, se les solicitaba la lectura del material previa a la realización de la prueba. Tras la corrección del test, se contactó por email con aquellas personas que deseaban conocer su calificación.
En cuarto y último lugar, se realizó la pasación del postest, un mes después de haber realizado la intervención. Para ello, se utilizó el mismo cuestionario que en la fase pretest, pero eliminando aquellos ítems que recogieran información de la que ya se disponía. Se contactó con los participantes de la fase pretest vía email, compartiéndoles el enlace y agradeciéndoles su participación en la investigación.
Análisis de datos
Se utilizó una metodología experimental, con un diseño pretest-postest, en el cual, la asignación a los grupos se realizó de forma aleatoria, obteniendo un grupo control de 40 personas, y un grupo experimental de 63 personas, el cual se divide en personas que respondieron la prueba objetiva (45 personas), y personas que no respondieron la prueba objetiva (18 personas). Las variables independientes fueron la transmisión de información (intervención) y el género; y las variables dependientes eran los conocimientos, actitudes y prácticas en torno a la sexualidad. Para el análisis de datos se utilizaron los programas Excel, SPSS y JASP.
En primer lugar, en cuanto al análisis de datos del pretest, se realizó la estadística descriptiva de las variables sociodemográficas y de las variables conocimientos (puntuado sobre 10), actitudes (puntuado sobre 4) y prácticas (puntuado sobre 4) en el ámbito de la sexualidad. Posteriormente, se llevó a cabo el estudio de la normalidad mediante la prueba Shapiro-Wilk y la homogeneidad de las variables por medio de la prueba de Levene en las variables dependientes. Seguidamente, con el objetivo de evaluar si existía una relación entre los conocimientos, actitudes y prácticas en el ámbito de la sexualidad se utilizó el coeficiente de correlación de Spearman. Por otra parte, para determinar el impacto de la variable género (hombre o mujer) sobre los conocimientos, actitudes y prácticas en el ámbito de la sexualidad se realizó una comparación de medias, a partir de la prueba U de Mann-Whitney para muestras independientes.
En segundo lugar, en relación con el análisis de datos de los grupos focales, se realizó un análisis cualitativo, destacando los principales problemas detectados en las intervenciones de los diversos participantes, así como los mitos y creencias erróneas identificadas.
En tercer lugar, se procedió a la corrección de la prueba objetiva mediante el uso del programa Excel, realizándose la estadística descriptiva de las calificaciones obtenidas en función del género, así como en su cómputo general.
En cuarto lugar, se llevó a cabo el análisis de los datos procedentes del postest. Para ello, se realizó la estadística descriptiva de las variables sociodemográficas y de las variables conocimientos (puntuado sobre 10), actitudes (puntuado sobre 4) y prácticas (puntuado sobre 4) en el ámbito de la sexualidad en los grupos control, intervención e intervención no prueba, en las fases pretest y postest. Seguidamente, para determinar la mejoría en las variables
conocimientos, actitudes y prácticas en el ámbito de la sexualidad se realizaron pruebas T de Wilcoxon para muestras pareadas, entre los resultados obtenidos en el pretest y postest en los grupos control, intervención e intervención no prueba; previamente se había realizado la prueba de Shapiro-Wilk en muestras pareadas para evaluar el supuesto de normalidad. Finalmente, con el objetivo de evaluar si existe una diferencia significativa en las puntuaciones obtenidas en la variable conocimientos en el ámbito de la sexualidad entre el grupo control y el grupo experimental en la fase postest se realizó una comparación de medias a partir de la prueba U de Mann-Whitney para muestras independientes; tras haber evaluado los supuestos de normalidad (Shapiro-Wilk) y homocedasticidad (prueba de Levene).
Resultados Pretest
Estadística descriptiva
En la fase pretest se contó con la participación de 103 personas: 52 hombres (50,5%), con una media de edad de 21,81 años; 48 mujeres (46,6%) con una media de edad de 20,88 años; y 3 personas que no se identificaron con el género hombre / mujer (2,9%), con una media de edad de 21,00 años. En relación con el nivel académico los más prevalentes fueron: estudios de grado (42,7%), bachillerato (21,4%) y FP superior (14,6%). En cuanto a la inclinación religiosa el 68,9 % de la muestra se declaró atea, el 14,6% agnóstica y el 14,6% católica no participante. Todas estas variables sociodemográficas y las siguientes quedan recogidas en las Tablas 1 y 2 en el apartado de Tablas.
Asimismo, la orientación sexual predominante de la muestra fue la heterosexual (61,2%), seguido de la bisexual (24,3) y la homosexual (13,6). Por otro lado, el 53,4% afirmaba no estar en una relación de pareja, y de estos solo 14,6% declaraba tener un “rollo”.
En cuanto a las relaciones sexuales la media de edad de inicio fue de 16,42 años en el caso de los hombres; y de 16,13 años en el caso de las mujeres. El 39,8% de la muestra consideró esta primera experiencia como agradable; el 28,2% lo hizo como desagradable y el 20,4 % como satisfactoria. Entre los motivos que llevaron a los participantes mantener relaciones sexuales por primera vez destacan el hecho de que se presentase la oportunidad (44,7%), de que existía una relación afectiva importante con la pareja (29,1%), y tener interés por saber que se sentía (15,5%). En lo que se refiere a relaciones sexuales con penetración el 89,3% de la muestra las había mantenido, con una media de edad de inicio de 16,89 años en el caso de los hombres; y de 16,60 años en el caso de las mujeres; valorando esta primera vez como agradable en un 33,0%, desagradable en un 25,2% y satisfactoria en un 19,4 %. El motivo que llevó a iniciarse en esta práctica fue, en primer lugar, el hecho de que existía una relación afectiva importante con la pareja (36,9%), en segundo lugar, que se presentó la oportunidad (33,0%); y, en tercer lugar, que tenían interés por saber que se sentía (11,7%).
En relación con el nivel individual de conocimiento en materia de sexualidad el 60,2 % de la muestra lo calificaba como bueno, el 33,0% como regular y el 4,9% como muy bueno.
Afirmaban que la información que disponían la habían obtenido en mayor medida de internet (35,0%), de los centros educativos (35,0%) y de sus amistades (17,5%). Esta información se centraba mayormente en: la prevención de ITS (77,7%), siendo las más conocidas el sida (90,3%), el herpes genital (68,9%) y los hongos (66,1%); los métodos anticonceptivos (68,9%), siendo los más usados el preservativo masculino (67,0%) y la pastilla anticonceptiva (26,21%);
y la sexualidad en general (63,1%). Por otro lado, en caso de necesitar consultar información acerca de la sexualidad los medios más elegidos eran: internet (75,7%), amistades (41,7%), y consulta médica (29,1%); y la información que más interés les generó fue acerca de: las ITS (60,2%), la sexualidad en general (59,2%), y las relaciones amorosas (35,9%).
Finalmente, merece la pena mencionar que un 22,3% de la muestra se involucra en prácticas sexuales de riesgo, debido a que el 8,7% no suele utilizar ningún método anticonceptivo, el 7,8% no ha utilizado nunca y el 5,8% utiliza la marcha atrás. Asimismo, el 30,1 % de los participantes se ha visto en la necesidad de utilizar la píldora del día después: en 1 ocasión (21,4%), en 2 ocasiones (5,8%), y en 4 ocasiones (2,9%). Además, el 52,4% de la muestra encuentra alguna dificultad en el uso del preservativo, siendo las más prevalentes: una menor sensibilidad o disfrute (34,0%), el precio (11,7%), y sentimientos de vergüenza al comprarlos (5,8%).
Análisis de los supuestos
A través de la prueba de Shapiro-Wilk se observa que no se cumplen los supuestos de normalidad para las variables conocimientos (hombres: SW = 0,897; p < 0,001; mujeres:
SW = 0,873; p < 0,001) y actitudes (hombres: SW = 0,849; p < 0,001; mujeres: SW = 0, 800;
p < 0,001) en el ámbito de la sexualidad; pero si para la variable prácticas en el ámbito de la sexualidad (hombres: SW = 0,980; p = 0,510; mujeres: SW = 0, 979; p = 0,527). En cuanto a la homogeneidad de varianzas, evaluada mediante la prueba de Levene, se obtiene que para las variables conocimientos (F = 3,267; p = 0,074) y prácticas (F = 0,108; p = 0,743) en el ámbito de la sexualidad no existe igualdad entre las varianzas; pero sí en el caso de la variable actitudes en el ámbito de la sexualidad (F = 6,022; p = 0,016). Esta información se recoge en la Tabla 3 y en la Tabla 4 del apartado Tablas.
Debido a que no se cumplen los supuestos de normalidad y homocedasticidad será necesario el uso de pruebas no paramétricas para el análisis estadístico. La prueba U de Mann- Whitney para muestras independientes, recogida en la Tabla 6 en el apartado Tablas, indicó que no se encontraron diferencias significativas entre mujeres (M = 8,769; SD = 1,036) y hombres
(M=8,332; SD=1,387) en la variable conocimientos en el ámbito de la sexualidad (W = 1030,0;
p = 0,121), así como entre las mujeres (M = 3,726; SD = 0,247) y los hombres (M = 3,618;
SD = 0,347) en la variable actitudes en el ámbito de la sexualidad (W = 1052,5; p = 0,175). Sin embargo, existen diferencias significativas ente mujeres (M = 3,008; SD = 0,406) y hombres (M = 2,828; SD = 0,363) en la variable prácticas en el ámbito de la sexualidad (W = 935,5;
p = 0,031); siendo los hombres los que muestran mayores prácticas de riesgo.
Finalmente, el coeficiente de correlación de Spearman, como ilustra la Tabla 7 en el apartado Tablas, mostró que no existía una correlación significativa entre ninguna de las variables (conocimiento-actitudes: rs = 0,081; p = 0,419; conocimiento-prácticas: rs = -0,048;
p = 0,632; actitudes-prácticas: rs = 0,132; p = 0,185).
Grupos focales
Entre las diversas intervenciones realizadas por los participantes en los diversos grupos focales se encontraron los siguientes problemas:
- Falta de conocimiento de la anatomía y la fisiología del aparato reproductor masculino y femenino (especialmente el masculino, desconocen partes y funciones).
- Terminología inadecuada para denominar las diversas zonas del aparato reproductor.
Utilizan términos poco precisos (e.g. “la casita” para referirse al útero).
- Dudas en torno a lo que se considera y no se considera una relación sexual. Algunos participantes incluyen la masturbación individual como relación sexual, sin embargo, otros lo niegan.
- Se detecta la creencia errónea de que el orgasmo es el fin de la relación sexual.
- Desconocimiento de diversos métodos anticonceptivos, así como de su eficacia y uso.
No obstante, afirman que el método anticonceptivo más eficaz es el preservativo.
- Desconocimiento de la existencia de los derechos sexuales y reproductivos.
- Reconocen que las afirmaciones presentadas son mitos románticos y argumentan su falsedad, por lo tanto, no se identifica la presencia de los siguientes mitos en los jóvenes evaluados: mito de la media naranja; mito de la omnipotencia; mito de la pasión eterna;
mito de la equivalencia de amor enamoramiento; y mito de los celos. Sin embargo, el 50% de los grupos se muestra parcialmente de acuerdo con el mito de la exclusividad, afirmando que no se puede amar a más de una persona a la vez, dado que
“inconscientemente siempre habrá una persona a la que ames por encima de la otra”,
“siempre preferirás a alguien”.
Intervención
El grupo intervención está compuesto por 45 participantes (23 hombres, 21 mujeres y 1 persona que no se identifica con el género hombre/mujer). La calificación media obtenida en la prueba objetiva, recogida en la Tabla 8 en el apartado Tablas, es de 8,425 puntos sobre 10,000, con una desviación estándar de 1,310 (hombres: M = 8,286; SD = 1,326; mujeres:
M = 8,599; SD = 1,333). En la Figura 1 se ilustra la distribución de las calificaciones obtenidas.
Figura 1
Distribución de las calificaciones obtenidas por el grupo intervención en la prueba objetiva.
Calificación
Densidad
Postest
Estadística descriptiva
En la fase postest se contó con la participación de 90 personas: 35 en el grupo control (40% hombres, 57,1% mujeres, 2,9% otros) con una media de edad de 21,46 años; 45 en el grupo intervención (51,1% hombres, 46,7% mujeres, 2,2% otros) con una media de edad de 21,51 años; y 10 en el grupo intervención no prueba (80% hombres, 20% mujeres, 0% otros) con una media de edad de 22 años. Todas estas variables sociodemográficas y las siguientes quedan recogidas en las Tablas 9 y 10 en el apartado Tablas.
En cuanto al nivel individual de conocimiento en el ámbito de la sexualidad en el grupo control en la fase pretest un 60,4 % lo calificaba como bueno, un 31,4% como regular y un 5,7% como muy bueno; en la fase postest el 68,6 % del grupo control lo calificaba como bueno, un 28,6% como regular y un 2,9% como muy bueno. En el grupo intervención en la fase pretest fue calificado como bueno por el 55,6%; regular por el 37,8%, y muy bueno por el 4,4%; en la fase postest el 62,2 % del grupo intervención lo calificaba como bueno, un 31,1% como regular y un 6,7% como muy bueno. En el grupo intervención no prueba, de la fase pretest, el 50%
definía su conocimiento en materia de sexualidad como bueno, el 40% como regular y el 10%
como muy bueno; en la fase postest el 70% de los participantes del grupo intervención no prueba lo calificó como bueno, el 20% como regular y el 10% como muy bueno.
Figura 2
Gráfico de barras de la variable nivel individual de conocimiento en los grupos control, intervención e intervención no prueba, en las fases pretest y postest, en términos porcentuales.
Por otro lado, en caso de necesitar consultar información acerca de la sexualidad los medios más elegidos por el grupo control y el grupo intervención en la fase pretest fueron internet (74,3%; 73,3%), amistades (37,1%; 44,4%), y consulta médica (37,1%, 28,9%); en cambio, en la fase postest se mantenía internet en primer lugar (88,6%; 82,2%), pero
aumentaron las personas que optarían por acudir a un profesional sanitario (60%; 55,6%), por encima del círculo de amigos (40%; 48,9%). No obstante, en el grupo intervención no prueba en la fase pretest, únicamente optaban por internet (80%) y las amistades (30%); pero en la fase postest, aunque internet se mantenía como primera opción (90%), las amistades y la consulta médica se habían equiparado (30% ambas).
Figura 3
Gráfico de barras de la variable fuente de información en los grupos control, intervención e intervención no prueba, en las fases pretest y postest, en términos porcentuales.
En relación con el contenido de la información que más interés generaba en las diversas condiciones experimentales en la fase pretest fue acerca de: las sexualidad en general (grupo control: 65,7%; grupo intervención: 48,9%; grupo intervención no prueba: 60%), las ITS (grupo control: 54,3%; grupo intervención: 66,7%; grupo intervención no prueba: 40%), los métodos anticonceptivos (grupo control: 34,3%; grupo intervención: 33,3%; grupo intervención no prueba: 40%), y las relaciones amorosas (grupo control: 28,6%; grupo intervención: 37,8%; grupo intervención no prueba: 40%). Sin embargo, en la fase postest, el tipo de información por la cual se interesaron los jóvenes participantes fue acerca de: ITS (grupo control: 51,4%; grupo intervención: 62,2%; grupo intervención no prueba: 60%), sexualidad en general (grupo control: 80%; grupo intervención: 60%; grupo intervención no prueba: 30%), relaciones amorosas (grupo control: 45,7%; grupo intervención: 51,1%; grupo intervención no prueba: 20%), y diversidad sexual (grupo control: 42,9%; grupo intervención:
35,6%; grupo intervención no prueba: 30%).
Figura 4
Gráfico de barras de la variable tipo de información en los grupos control, intervención e intervención no prueba, en las fases pretest y postest, en términos porcentuales.
En cuanto a las ITS más conocidas por los participantes de las diferentes condiciones experimentales en la fase pretest se encontraban: el sida (grupo control: 91,4%; grupo intervención: 88,9%; grupo intervención no prueba: 90%), los hongos (grupo control: 65,7%;
grupo intervención: 62,2%; grupo intervención no prueba: 70%) y el herpes genital (grupo control: 62,9%; grupo intervención: 65,7%; grupo intervención no prueba: 90%). En la fase postest, en el grupo intervención se observó un aumento del conocimiento en materia de ITS, destacando: el sida (97,8%), el herpes genital (71,1%) y la gonorrea (66,7%); en el resto de condiciones experimentales se mantenían las mencionadas en la fase pretest.
Figura 5
Gráfico de barras de la variable ITS conocidas en los grupos control, intervención e intervención no prueba, en las fases pretest y postest, en términos porcentuales.
Asimismo, en relación con el uso de métodos anticonceptivos se observa la implicación en conductas sexuales de riesgo en las diferentes condiciones experimentales de la fase pretest, al no utilizar ningún método anticonceptivo habitualmente (grupo control: 8,6%; grupo intervención: 8,9%; y grupo intervención no prueba: 10%), al nunca haber utilizado ningún método anticonceptivo (grupo control: 8,6%; grupo intervención: 11,1%; y grupo intervención no prueba: 0%), y al usar la marcha atrás como método anticonceptivo (grupo control: 11,4%;
grupo intervención: 2,2%; y grupo intervención no prueba: 10%). No obstante, en la fase postest para las diversas condiciones experimentales se observa una disminución de la implicación en prácticas sexuales de riesgo: uso de la marcha atrás (grupo control: 8,6%; grupo intervención: 2,2%; y grupo intervención no prueba: 0%); desuso de forma habitual de métodos anticonceptivos (grupo control: 5,7%; grupo intervención: 6,7%; y grupo intervención no prueba: 10%); y nunca haber utilizado ningún método anticonceptivo (grupo control: 5,7%;
grupo intervención: 6,7%; y grupo intervención no prueba: 0%).
Figura 6
Gráfico de barras de la variable métodos anticonceptivos habituales en los grupos control, intervención e intervención no prueba, en las fases pretest y postest, en términos porcentuales.
Finalmente, en cuanto a la creencia de que existen dificultades en el uso de preservativos las más prevalentes en las diversas condiciones experimentales en la fase pretest son: menor sensibilidad o disfrute (grupo control: 45,7%; grupo intervención: 24,4%; y grupo intervención no prueba: 50%), el precio (grupo control: 14,3%; grupo intervención: 11,1%; y grupo intervención no prueba: 0%), y la vergüenza por comprarlos (grupo control: 2,9%; grupo intervención: 11,1%; y grupo intervención no prueba: 0%). Sin embargo, en la fase postest se observa una disminución en relación con esta creencia, observándose un incremento de la percepción de que no existe ninguna dificultad en su uso en todas las condiciones experimentales a excepción del grupo intervención no prueba (grupo control: 51,4%; grupo intervención: 53,3%; grupo intervención no prueba: 20%).
Figura 7
Gráfico de barras de la variable dificultades del uso del preservativo en los grupos control, intervención e intervención no prueba, en las fases pretest y postest, en términos porcentuales.
Análisis de los supuestos
En primer lugar, se evalúa la mejoría en las variables conocimientos, actitudes y prácticas en el ámbito de la sexualidad. Para ello, se analiza el supuesto de normalidad mediante la prueba de Shapiro-Wilk para muestras pareadas, recogida en la Tabla 11, observándose que no se cumple para la variable conocimientos en el ámbito de la sexualidad (CONOC. POST- CONOC. PRE.) en las diferentes condiciones experimentales (grupo control: SW = 0,891;
p = 0,002; grupo intervención: SW = 0,912; p = 0,002; grupo intervención no prueba:
SW = 0,714; p = 0,001). Asimismo, tampoco se cumple para la variable actitudes en el ámbito de la sexualidad (ACT. POST-ACT. PRE) para los grupos control e intervención (grupo control: SW = 0,820; p < 0,001; grupo intervención: SW = 0,882; p < 0,001) pero si para el grupo intervención no prueba (SW = 0,910; p = 0,280). Finalmente, el supuesto de normalidad, también se cumple para la variable prácticas en el ámbito de la sexualidad (PRAC. POST- PRAC. PRE) para todas las condiciones experimentales (grupo control: SW = 0,966; p = 0,337;
grupo intervención: SW = 0,973; p = 0,378; grupo intervención no prueba: SW = 0,942;
p = 0,571).
Debido a que no se cumplen los supuestos de normalidad es necesario el uso de pruebas no paramétricas para el análisis estadístico. La prueba T de Wilcoxon para muestras pareadas, recogida en la Tabla 13, indicó que no se encontraron diferencias significativas entre las fases pretest y postest de las diversas variables dependientes en las diferentes condiciones experimentales, a excepción de los grupos control e intervención en la variable conocimientos (grupo control: W = 345,0; p = 0,006; grupo intervención: W = 716,0; p < 0,001) donde se apreciaban diferencias estadísticamente significativas entre las fases pretest (grupo control:
M = 8,364; SD = 1,556; grupo intervención: M = 8,629; SD = 1,019) y postest (grupo control:
M = 8,831; SD = 1,239; grupo intervención: M = 9,152; SD = 0,760).
Tabla 13
Prueba T de Wilcoxon para muestras pareadas de las variables conocimientos, actitudes y prácticas en el ámbito de la sexualidad para los grupos control, intervención e intervención sin prueba objetiva, en las fases pretest y postest.
T de Wilcoxon
N W p
CONOC. POST – CONOC. PRE
G. Control 35 345,0 0,006
G. Intervención 45 716,0 <0,001
G. Intervención
NO prueba 10 24,0 0,440
ACT. POST – ACT. PRE
G. Control 35 307,5 0,636
G. Intervención 45 601,5 0,122
G. Intervención
NO prueba 10 28,0 1,000
PRAC. POST – PRAC. PRE
G. Control 35 394,0 0,198
G. Intervención 45 557,5 0,310
G. Intervención
NO prueba 10 24,50 0,799
En segundo lugar, se determina si existen diferencias significativas entre el grupo control y el grupo intervención para la variable conocimientos en el ámbito de la sexualidad en la fase postest. Para ello, se ponen a prueba los supuestos de normalidad, a través de la prueba
de Shapiro-Wilk, y homocedasticidad, por medio de la prueba de Levene, recogidas en las Tablas 14 y 15 del apartado Tablas. A partir de ambas pruebas se observa una distribución no
normal en ambos grupos (grupo control: SW = 0,778; p < 0,001; grupo intervención:
SW = 0,837; p < 0,001); y una desigualdad entre las varianzas del grupo control y el grupo intervención (F = 4,568; p = 0,036).
Por lo tanto, al no cumplirse estos supuestos, es necesario el uso de pruebas no paramétricas para el análisis estadístico. La prueba U de Mann-Whitney para muestras independientes, recogida en la Tabla 16 en el apartado Tablas, indicó que no existían diferencias significativas en la variable conocimientos en el ámbito de la sexualidad entre los grupos control e intervención (W = 711,0; p = 0,432).
Discusión
El objetivo de la presente investigación consistía en evaluar si el género influía en el nivel de conocimiento en el ámbito de la sexualidad, así como en la existencia de prácticas sexuales de riesgo; y en el grado de apertura y erotofilia de las actitudes en esta área. También se evaluó la posible existencia de que hubiese una relación entre las 3 variables dependientes.
Además, se estudió la eficacia de un programa de educación sexual en la reducción de prácticas sexuales de riesgo, favoreciendo actitudes abiertas, respetuosas, e igualitarias, y aumentando la búsqueda de más conocimiento sobre el comportamiento sexual saludable.
Para ello, se realizó un estudió experimental con un diseño pretest-postest, así como la recogida de datos por medio de la dinámica grupos focales. En la fase pretest participaron 103 personas (48 mujeres, 52 hombres y 3 otro) a las que se les administro el cuestionario pre- SKAB de forma online. Posteriormente, los participantes fueron asignadas de forma aleatoria
a las condiciones experimentales: grupo control (40 personas) y grupo intervención (63 personas). El grupo intervención recibió un programa de educación sexual y fue sometido a una prueba objetiva, con el fin de evaluar la adquisición de este conocimiento; esta prueba objetiva fue contestada por 45 personas, motivo por el cual se creó otra condición experimental:
grupo intervención no prueba (18 personas). En la dinámica de grupos focales se realizaron 4 reuniones de entre 2 y 4 participantes (10 mujeres y 2 hombres). Finalmente, en la fase postest se contó con la participación de 90 personas (grupo control: 35 participantes, grupo intervención: 45 participantes; grupo intervención no prueba: 10 participantes), a las que se les administró el instrumento post-SKAB de forma online.
En cuanto a los resultados, en la fase pretest no se observan diferencias estadísticamente significativas en función del género en las variables conocimientos y actitudes en el ámbito de la sexualidad; no obstante, se ha encontrado que los hombres muestran mayores prácticas sexuales de riesgo. Asimismo, no se ha hallado una correlación estadísticamente significativa entre las variables conocimientos, actitudes y prácticas en el ámbito de la sexualidad. También se han identificado diversos mitos y creencias disfuncionales, así como una falta de conocimiento en diversos aspectos del ámbito de la sexualidad (e.g. anatomía y fisiología del aparato reproductor humano, derechos de salud sexual y reproductiva, ETS y métodos anticonceptivos). En base a los resultados de la prueba objetiva se observa una buena adquisición de los materiales facilitados. Finalmente, en la fase postest, únicamente se ha obtenido una mejoría significativa respecto a la fase pretest en los grupos control e intervención de la variable conocimientos en materia de sexualidad; no obstante, esta mejoría no se puede atribuir a la intervención realizada, dado que no se han encontrado diferencias estadísticamente significativas entre estos grupos.
En relación con las variables sociodemográficas únicamente la variable género obtuvo una muestra representativa en sus diversas categorías, por ello, se toma como variable independiente. A continuación, se pasa a discutir los datos agrupados por temáticas.
Conocimientos
En primer lugar, al igual que en el estudio de Rodríguez-Mármol et al. (2016) el nivel individual de conocimiento pretest en el ámbito de la sexualidad ha sido valorado como bueno por un 60,3% de la muestra; no obstante, un 34% lo considera regular. Sin embargo, en la fase postest se produce un incremento de aquellos participantes que consideran como bueno su nivel de conocimiento en todas las condiciones experimentales, alcanzando la cifra de 65,6%, y reduciéndose la valoración de regular a un 28,9%. Entre las fuentes de información destacan las amistades coincidiendo con Rodríguez-Mármol et al. (2016); no obstante, a diferencia de este, un 35% de la muestra reconoce haber obtenido su información mayormente de internet, y otro 35% del centro educativo, en contraposición al 7,2% observado en este estudio. En cuanto al tipo de información obtenida destacan las ITS (77,7%) y los métodos anticonceptivos (68,9%), por lo tanto, se podría afirmar que predomina el Modelo de Riesgos, realizando una vinculación directa de la sexualidad con el peligro, en base a lo propuesto por Lameiras- Fernández y Carrera-Fernández (2009).
Asimismo, respecto a la fase pretest se ha observado un incremento en todas las condiciones experimentales del porcentaje de participantes que optarían por recurrir a un profesional sanitario para la obtención de información en esta área, por encima de las amistades; no obstante, prevalece en todos los grupos internet como la fuente principal de información, siendo el grupo intervención el que presenta un porcentaje menor (82,2%). En esta línea, también se produce un cambio en los intereses en materia de sexualidad, pasando de
un interés centrado en las ETS, los métodos anticonceptivos, y la sexualidad en general; hacia un modelo más comprensivo (en base a lo expuesto en Lameiras-Fernández y Carrera- Fernández, 2009), dado que, aunque permanecen las ETS y la sexualidad en general como tema predominante, la diversidad personal y las relaciones amorosas adquieren fuerza.
En relación con el conocimiento acerca de ETS, en línea con lo obtenido por Calatrava et al. (2012) los jóvenes que cuentan con una información rigurosa respecto a las ETS y como prevenirlas están en minoría. No obstante, coincidiendo con lo estipulado por Rodríguez- Carrión y Traverso-Blanco (2012), mantenido posteriormente en los resultados de Rodríguez- Mármol et al., (2016), la ETS de la que más información disponen los participantes es del sida (90,3%); aunque un alto porcentaje continua sin una información íntegra y rigurosa acerca de la clamidia (51,5%), la sífilis (51,5%), la hepatitis B (61,2%) y las úlceras genitales (82,3). Sin embargo, en la fase postest se observa un incremento del conocimiento en el grupo intervención para todas las ITS a excepción de las ladillas; en contraposición a los grupos control e intervención, que, si bien es cierto, aumenta el conocimiento de algunas ITS, disminuye en otras. Esto podría vincularse directamente con la información adquirida a partir del temario expuesto en el programa de educación sexual facilitado al grupo intervención.
Centrándonos en las diferencias entre los géneros en cuanto al conocimiento en materia de sexualidad, no se han obtenido diferencias estadísticamente significativas; no obstante, se aprecia un mayor conocimiento en el grupo de las mujeres (M = 8,769) en comparación con el de los hombres (M = 8,332), aunque no sea significativo. Por lo tanto, estos resultados contradicen la hipótesis 2 (las mujeres manifiestan un mayor conocimiento en materia de sexualidad frente al resto de la población).