3 Metode
3.1 Vitenskapsteoretisk ramme og metodisk tilnærming for undersøkelsen
causais: a existência reflete objetivos imprevistos, que se afastam das interrelações explicativas
de fenômenos pré-vitais.
72O homem é finito e habita o mundo por um sem número de
noción de inscripción. El tipo de distancia que encontramos entre la intención del hablante y el significado verbal de un texto también se produce entre el agente y su acción (RICCOEUR, Paul. Del Texto a la Acción. Ensayos de Hermenéutica II. México: Fondo de Cultura Económica, 2002. P. 163 e 178-179)
70Un acontecimiento efectivamente, puede ser cualquier instante, pero sobresaliente y destacado respecto a la renovación continua de la que nace la duración. Al atribuirle un ser propio, no sólo aislable sino autoconsistente (es un acontecimiento), es decir, reconociéndole la capacidade de reproducirse, como si detentasse en él una iniciativa, o al menos su propia individualidad, que le hiciera introducir una grieta en a continuidad del cambio; y de expulsar a la sombra, volvién solos secundarios y dependientes, todos los momentos adyacentos. No solamente es excepcional, sino que también suscita, con su irrupción, un trastorno que reconfigura con su incidencia todo el resto de posibilidades. Se dice que sobreviene dando a entender que siempre hay en algún lugar una fractura que lo hace destacar – exceder – en el momento presente: parece – escribe Proust en La prisionera – que todos los acontecimientos sean más amplios que el momento en el que se dan y no puedan atenerse enteramente a él. Por eso, por muy esperado o justificado que con posterioridad sea el acontecimiento contiene algo inasimilable, o señala hacia exterior, lo que trasciende cualquier explicación simplemente causal y exige la ayuda de una interpretación: hasta al punto seguiría mantenientdo en él el enigma de su origen. Hay que descifrar su aparición, gustan decir los fenomenólogos, que no renuncian nunca completamente al lenguaje de la epifanía. Pero tengo una duda ¿tal acontecimiento existe efectivamente, es decir, de otra manera que a modo de representación ficticia y mitológica? O, ¿no sería más que el afloramiento visible, como una estela de espuma, de transformaciones que permanecen invisibles como el movimiento oculto del fono del mar? Es verdad que de lo que se habla es del acontecimiento, incluso no se habla más que de él; o, dicho al revés, y valiendo ya como definición: desde el momento en que se habla de él, es un acontecimiento. Pero, si bien se reparten así las esferas de la palabra y de silencia, el acontecimiento acaparando la atención, y la transformación siendo demasiado difusa, global y continua, por no decir desapercibida, ¿en qué medida el acontecimiento no puede concebirse como el brote epifenoménico de la transformación, la erupción de lo que se ha incubado durante tanto tiempo? Ed decir, ¿en qué medida el acontecimiento, al evento, es el resultado de un surgimiento brusco, como indica la palabra (e-venit), más que de una maduración? O, ¿en que medida se puede concebir como un encuentro, con lo que supone de de Exterior, e incluso inintegrable, más que como un resultado? (JULLIEN, Francois. Las Transformaciones Silenciosas. Barcelona: Ediciones Bellaterra, 2009. P. 79-80)
71PALMER, Richard E. ¿Qué es la Hermenéutica? Madrid: Arco, 2002. P. 211.
72El filósofo, como el poeta, parte de un postulado que muchos pensadores contemporáneos niegan, a saber: Que algo pueda tener poderes causales que no son exhaustivamente reductibles a conexiones de elementos a partir de los cuales emerge. Cabe ilustrar el problema con el ejemplo de la vida. Obviamente, nada hay en la vida que no tenga origen en la tabla periódica de los elementos. No obstante, una vez que la vida emerge, se dan fenómenos que ya es muy difícil reducir a las meras interrelaciones explicativas de los fenómenos pre-vitales. La vida, por así decirlo, tiene su propia economía y apunta a objetivos imprevistos. Pues bien, constatando que la vida, en todas sus epifanías, tiende a instrumentalizar, a reducir y hasta a anular el entorno si este entra en conflicto con ella, cómo podríamos esperar menos tratándose de la palabra? Se diría que, hasta en sus manifestaciones más huecas, la palabra consigue rentabilizar lo dado al servicio de sí misma; se diría que la función recuperadora de la palabra se ejerce en cualquier circunstancia, que lo que cuenta es seguir hablando, ya sea-con argumentos masticados, prejuicios y sentencias estereotipadas, pero en todo caso hablando. La disposición poética no es posible si no está interiorizada la premisa de que el lenguaje tiene objetivos que no están subordinados a los de esa vida que, indudablemente, le da soporte, esa vida de la que emerge. Esta confianza en la irreductibilidad de la palabra no significa que el poeta espera que la palabra le saque del mundo. Pero sí significa que no experimenta lo irreversible del devenir del mundo como lo único que nos determina. Pues solo si la palabra tiene efectivamente la potencia de ese verbo en el que el peso de la naturaleza se relativiza, solo si la carne (es decir, el orden genético) se ha hecho
palabra en el sentido radical del texto bíblico, puede surgir la exigencia que se halla en la base de la obra literaria: exigencia de no subordinar la palabra a objetivo alguno, exigencia concretamente de no subordinarla a la vida, de la cual los grandes del verbo se han servido siempre para la construcción de los únicos templos posibles para la libertad. Mas la duda se abre…y el filósofo se dice a veces (tiene obligación de hacerlo) que el pensamiento y el lenguaje no alcanzan de verdad autonomía alguna respecto a su matriz en el orden biológico. Muchos son los escritores que han llegado a experimentar que nada cabe esperar de la literatura, simplemente porque el lenguaje no sería otra cosa que un instrumento, ciertamente de gran complejidad, en la lucha por la subsistencia y por el dominio de la naturaleza. Hipótesis esta en la cual, por supuesto, el lenguaje no tiene por sí mismo capacidad liberadora alguna. Pues no habría excepción, a lo que en la jerga filosófica se denomina «carácter transitivo de la causalidad », que aplicado al caso que nos concierne vendría a decir: si las conexiones en el registro de la tabla periódica (con las necesarias condiciones energéticas, etc.) son causa exhaustiva de la vida, y las conexiones neuronales en el seno de esta son causa exhaustiva del lenguaje, entonces este se reduce a las primeras. Retórica pura serían entonces las consideraciones sobre la vida del lenguaje, sobre el hecho de que una vez surgido, el lenguaje comience a responder a exigencias propias. Mas aun en la hipótesis de que el lenguaje es más que un código de señales, en la hipótesis de que el lenguaje tiene vida propia, obviamente, el orden biológico arrastra al pensamiento en su astenia y decadencia, y asumir tal cosa es una de las condiciones primeras de la lucidez. Confrontación auténticamente real es, desde luego, asumir lo ineludible del segundo principio de la termodinámica y el consiguiente colapso de todas las facultades creativas y cognoscitivas. (PIN, Víctor Gómez. Filosofia: Interrogaciones que a todos conciernen. Madrid: Espasa, 2008. P. 171-208-210)