Memoria y Narración
Revista de estudios sobre el pasado conflictivo de
sociedades y culturas contemporáneas
Númer o 2, 2 02 1
Memoria y Narración. Revista de estudios sobre el pasado conflictivo de sociedades y culturas contemporáneas
ISSN: 2535-597X
Dirección electrónica: https://www.journals.uio.no/index.php/MyN Web: https://www.journals.uio.no/index.php/MyN
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Número 2 (2021)
Nota de los editores ……… … 1
Memorias históricas: perspectivas comparativas y dinámicas transnacionales WALTHER L.BERNECKER:
‘Superación del pasado’ y ‘memoria histórica’:
similitudes y diferencias entre Alemania y España ………... 3
CLAUDIO CIFUENTES-ALDUNATE:
La memoria escenificada. Estetización de la memoria, y su función ………24
JANNETH ESPAÑOL CASALLAS:
Rafael Chirbes y Laura Restrepo. Dos posturas ético-estéticas y dos propuestas de justicia y memoria ………...35
ELIDE PITTARELLO:
Huellas nómadas: Un poema en el bolsillo de Héctor Abad Faciolince ……….…………54
Miradas sobre guerras civiles y violencia política entre texto e imagen JOSÉ MARÍA IZQUIERDO:
Un médico en la Guerra civil española: el doctor Pablo Uriel Díez ……….69
DANIELA KUSCHEL:
“¿Nacionales o Republicanos? – ¡tú decides la historia!” – el mito de ‘las dos Españas’
en los videojuegos Sombras de Guerra (2007/2008) y 1936, España en llamas (2012) ……...….85
CHRISTOPH SÖDING:
Beppe Fenoglio’s I ventitre giorni della città di Alba – Personal Memory and
Reflections on Civil War ……….95
GUGLIELMO SCAFIRIMUTO:
Exile and Homeland Trauma: Constructing Memories in Rithy Panh’s The Missing Picture ………..…………106
Negociaciones literarias del colonialismo portugués e italiano SUSANA PIMENTA/ORQUÍDEA RIBEIRO:
Representação do (não-)excecionalismo lusotropicalista: A viagem ao mundo colonial de Maria da Graça Freire ……….…112
FERNANDO ALBERTO TORRES MOREIRA:
Memórias de um regresso anunciado ………...123
ANNA FINOZZI:
Riscrivere la storia coloniale tramite l’uso dell’oralità: Il caso di Adua (2015)……….131 Informaciones sobre los autores .………...146
Nota de los editores
En junio de 2018 tuvimos la ocasión de celebrar en la Universidad de Estocolmo un congreso internacional que nos sirvió como foro en el que los miembros de la Red Internacional de Investigación y Aprendizaje Memoria y Narración celebramos nuestro encuentro anual. En esta ocasión, y dado que el congreso se organizaba dentro del seno del Departamento de Estudios Románicos y Clásicos, convenimos que sería ade- cuado abrir nuestro foro a las otras lenguas que componen el mencionado departa- mento, más la inclusión del inglés. Con todo ello como punto de partida, el congreso se llevó a cabo bajo el título general de Memories in Motion. Transnational and Migratory Perspectives in Memory Processes. Para una correcta organización del evento, decidimos realizar una serie de conferencias plenarias en inglés y, a su vez, formar sesiones para- lelas en cada una de las lenguas que fueron invitadas a participar en el congreso, a saber, español, portugués, italiano y francés. En cada una de aquellas sesiones paralelas se abordaron asuntos que de forma directa o tangencial se inscribían en el marco general del congreso. No obstante, dado el elevado número de participantes y el interés que muchas de las propuestas suscitaron entre el comité organizador, nos vimos obligados a flexibilizar los ejes temáticos que se presumían en el título general para con ello abri- gar la posibilidad de que esas otras propuestas fueran incluidas, especialmente debido a su incuestionable valor científico.
Por todo ello, este número 2 de nuestra revista viene a constituir, a la postre, una suerte de receptáculo en el que la sustancia contenida es variada no solo por la diver- sidad de lenguas que la componen, sino también porque el ensanchamiento del marco general del congreso dio la posibilidad a que el número acogiera un fuerte componente interdisciplinar y claramente variado en cuanto a las perspectivas teóricas y analíticas que se abordan en los distintos artículos. Así mismo, conviene recordar, que los textos publicados representan solo una parte de la gran cantidad de contribuciones que fueron presentadas en el congreso. Para componer el número, por tanto, hemos recurrido a aquellas contribuciones seleccionadas entre el número de propuestas que los autores enviaron una vez que se fijó el correspondiente call for papers. Pese al aspecto variopinto que pudiera adquirir el número, no obstante, hemos integrado los textos a partir de varios bloques temáticos que se especifican en el índice, de tal manera que hemos tra- tado de dar unidad a un número que se presentaba inicialmente con la dificultad aña- dida de integrar la variedad de propuestas que llegaron hasta nosotros.
Conviene añadir que este número 2 de Memoria y Narración ve la luz con un cierto margen de tiempo con respecto al primero debido, principalmente, a la dificultad aña- dida a la edición de un número en el que se acogen distintas lenguas, hecho que supone un mayor esfuerzo y una mayor dedicación en la propia rutina de la edición. Además, la situación coyuntural por la que atravesamos y relacionada con la pandemia causada por la incidencia de la Covid-19, ha hecho que los editores hayan tomado un mayor margen de tiempo para poder llevar a todos los interesados el número que ahora pre- sentamos.
Por último, no queremos dejar pasar la ocasión de agradecer al fondo de Littera- turforskning som ledande forskningsområde que generosamente concedió los fondos para poder realizar el congreso que finalmente ha constituido la base desde la que hemos
extraído los artículos que componen este número 2 de Memoria y Narración. Han cola- borado como miembros del Comité Científico en este número: Ken Benson, Azucena Castro, Mauro Cavalliere, Ornella Fendt, Christophe Premat, Caroline Rohde-Nielsen.
Ha colaborado en la edición de este número: Azucena Castro.
Juan Carlos Cruz Suárez (Universidad de Estocolmo) José María Izquierdo (Universidad de Oslo) Claudia Jünke (Universidad de Innsbruck)
‘Superación del pasado’ y ‘memoria histórica’: similitudes y diferencias entre Alemania y España
Walther L. Bernecker Universidad de Erlangen-Núremberg
Resumen:
El artículo presenta una aproximación comparativa a las distintas formas, en que dos países (Alemania y España) se han encarado y siguen encarándose a su respectivo pasado de violencia y guerra. En Alemania se habla de Vergangenheitsbewältigung (‘superación del pasado’), en España de la ‘recuperación de la memoria histórica’. Para ambos casos, el texto analiza críticamente el momento en el que empezó la reflexión colectiva y auto-crítica sobre el pasado problemático, se contrastan las diferentes visiones sobre las correspondientes guerras y dictaduras, se resalta la importancia de las fases postbélicas y de las generaciones postdictatoriales que tienen que tratar con su pasado. Si bien entre los casos español y alemán hay más diferencias que simili- tudes, muchos aspectos resultan más comprensibles usando el método de la comparación.
Palabras clave: superación del pasado, memoria histórica, Guerra Civil española, Segunda Guerra Mundial, Holocausto, Auschwitz
Abstract:
The article presents a comparative analysis of the different forms, how two countries (Ger- many and Spain) have dealt and still are dealing with their respective past of violence and war.
In Germany, the term used for this type of analysis is Vergangenheitsbewältigung (‘superation of the past’), in Spain recuperación de la memoria histórica (‘recuperation of historical memory’). For both cases, the text analyzes critically the moment, when the collective and self-critical reflec- tion about the problematic past began; it contrasts the different views of the corresponding wars and dictatorships, it stresses the importance of the following postbelic phases and the postdictatorial generations that up to now had to deal with the past. Even if there exist more differences than similarities between the Spanish and the German cases, many aspects result more comprehensive comparing both cases.
Keywords: superation of the past, historical memory, Spanish Civil War, Second World War, Holocaust, Auschwitz
Los primeros años del siglo XXI podrían ser recordados en Europa, también y ante todo en España, como los ‘años de la memoria histórica’. En muchos países del con- tinente se podía apreciar hasta qué punto durante esos años el pasado formaba parte del debate público. Es cierto que ya en la última década del siglo XX, en pleno cambio sistémico en los países europeos del Este, tras la caída del Muro de Berlín, habían comenzado a emerger los primeros ecos de una reivindicación memorial. Pero la ex- plosión de las demandas memoriales y de la presencia pública del pasado se produjo en los países ex-comunistas según iban aflorando los crímenes de Estado del último medio siglo, en Alemania cuando se tomó nota de la responsabilidad moral que había
Walther L. Bernecker
asumido el país reunificado, con dos dictaduras en su bagaje histórico, y en España a raíz de la extraordinaria mediatización de las aperturas de fosas comunes y anónimas de víctimas de la dictadura franquista. El fenómeno de la ‘recuperación de la memoria histórica’ puede ser situado en cada caso concreto en el centro de diversos procesos, todos ellos imbricados e interrelacionados entre sí que constituyen su marco referen- cial. Y si bien cada caso se diferencia sustancialmente de cualquier otro, la memoria ha ocupado en el marco global de la era post-guerra fría una dimensión desconocida hasta entonces en las preocupaciones de los europeos.
En la actualidad, el interés por la memoria, tanto en los círculos académicos, po- líticos o ciudadanos, se ha convertido casi en una obsesión. Hoy, el problema ya no es el olvido, sino la forma de recordar y las consecuencias que implican esas diferentes formas de recordar. Alemania ha sido un lugar excepcional para la exploración del trabajo de la memoria histórica moderna. El Tercer Reich, el Holocausto y los siguien- tes 40 años de división en dos países con tan diferentes versiones de historia del siglo XX, enfrenta a los académicos con problemas fundamentales relacionados con el re- cuerdo, el silencio y la negación. De hecho, el problema de explicación e historización de los extremos históricos del genocidio ha definido el tópico de la memoria en Ale- mania (Assmann).
El trabajo de la memoria consiste en la reconstrucción incesante de un pasado común a la luz del presente, atribuyéndole cada vez nuevos significados y contribu- yendo a la construcción, también constante, de las identidades, sean individuales, sean colectivas de la sociedad que está inmersa en el recuerdo. La pérdida de la memoria significa también la pérdida de la identidad (Halbwachs).
Ascenso y superación de dictaduras modernas son interpretados como caracterís- ticas por excelencia del siglo XX en Europa. Una de las enseñanzas centrales de la historia de la República Federal de Alemania y de la Alemania reunificada a partir de 1990 para ocuparse exitosamente con pasados dictatoriales es —junto al arrepenti- miento activo y transitional justice— una intensa labor de memoria y la investigación histórica de todos los aspectos del régimen dictatorial nacionalsocialista. Incluso hay quien afirma que esta lección de ejemplar obstinación histórica por parte de la política alemana es un modelo que puede ser exportado. Por eso no es de extrañar que Ti- mothy Garton Ash haya atestiguado a la variante alemana de la ocupación con el pa- sado haber marcado una nueva norma de totalidad (Frei).
Este modo alemán de afrontar el pasado se opone, en otras partes de Europa, a formas generalmente menos rígidas de encarar la herencia de la dictadura. Estas otras formas que incluyen una relativización retrospectiva o incluso el olvido deliberado del pasado parecen ser menos concienzudas, comparándolas con la práctica alemana, pero eso no significa que necesariamente sean menos exitosas. Lo que en Alemania se re- pudia como una mentalidad de punto final, en otras sociedades es interpretado como curación de viejas heridas. En este contexto, recurrir continuamente a la historia puede llegar a ser un potencial molesto. Habrá que volver sobre esta reflexión cuando se presente el caso español de memoria histórica.
La memoria del Nacionalsocialismo en Alemania es un caso muy interesante, por una serie de razones que lo hacen casi único. En primer lugar, por el carácter de ruptura radical y traumática que el nazismo representó en la historia alemana. En segundo lugar, el hecho de que el régimen nazi cometió en nombre de Alemania y del pueblo alemán, unos crímenes especialmente monstruosos. Por eso, la sombra de Auschwitz
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y los campos de concentración se extiende sobre toda una parte de la historia y de la memoria de Alemania, y la memoria nazi se ha convertido en el recuerdo de sus crí- menes. El problema de la memoria local, que tanto ha hecho para el desarrollo de la investigación histórica, es que se enfrenta al hecho de que el régimen nazi contó du- rante bastante tiempo con el apoyo de una gran parte de la población alemana. Esta situación crea un problema político y moral de corresponsabilidad, ya que la respon- sabilidad por los crímenes no puede ser atribuida única y exclusivamente a un restrin- gido grupo de jerarcas nazis, sino que se extiende a aquella parte de la población que apoyó al régimen (Erler (Ed.); Gellately; Heer; Frei y Knigge (Ed.); Welzer, Moller y Tschuggnall).
No es casualidad que en su ensayo “Los héroes de la retirada” (“Die Helden des Rückzugs”) de diciembre de 1989, el escritor Hans Magnus Enzensberger haya nom- brado como prototipos de la disolución de un régimen dictatorial exenta de violencia junto al presidente polaco de los años del cambio 1989/90, el General Jaruzelski, tam- bién al español Adolfo Suárez, quien en el régimen de Franco había sido secretario general del partido único (Movimiento) y después de la muerte del dictador jefe del go- bierno en la fase de la transición, de 1976–1981. Sólo debido a que los dos pertenecían al círculo íntimo del poder y conocían las Arcana imperii, estaban en condiciones de realizar un traspaso no sangriento del poder.1 Justamente esto diferencia el proceso español de democratización considerablemente del caso alemán: si éste, la vía ger- mano-occidental de democratización, estuvo inducido de manera exógena y dictado por los aliados, después de la capitulación incondicional del Tercer Reich, en el caso español de la transición a la democracia se trataba de un proceso de reforma, nego- ciado entre las viejas élites del franquismo y las nuevas élites de oposición. Habrá que tener en cuenta estas vías diferentes de democratización cuando se comparen los dife- rentes tipos de memorias en ambos estados.
La ocupación con el pasado en la temprana República Federal de Ale- mania
Para el caso alemán, se puede afirmar: lo que más tarde se denominó en la discusión pública ‘superación del pasado’, tuvo sus comienzos en las medidas de los aliados in- mediatamente después de 1945. Consistía en los tres elementos que hasta hoy forman el núcleo de toda ‘superación del pasado’: procesos penales, descualificación de perso- nas comprometidas, investigación aclaratoria. En la primera fase de la postguerra co- rrespondía a las pretensiones aliadas en el lado alemán un amplio debate sobre la culpa, en el cual, no obstante, desde un principio dominaban conceptos vagos y políticos como destino o catástrofe (Bernecker, “Conciencia”). Pero con la fundación de la Re- pública Federal (1949), la ciudadanía del Estado germano-occidental se constituyó bajo el signo de una crítica vehemente a los procedimientos aliados. El primer consenso germano-occidental de la postguerra se formó rechazando la ‘superación del pasado’
ordenada desde arriba, que además se complementaba con un anticomunismo gene- ralizado. La pregunta, que por entonces se hacían muchos alemanes, rezaba: ¿Había
1 Para una comparación de las culturas de la memoria en Polonia y España, véase Ruchniewicz y Troebst (Ed.).
Walther L. Bernecker
llegado la historia alemana, después de la catástrofe nacionalsocialista de 1945, de ver- dad a su punto final? ¿Qué puntos de sujeción históricos seguían existiendo en un momento, en el que Alemania y Europa estaban destrozadas? Los alemanes de a pie que tenían que luchar a diario contra el caos existente, no se interesaban demasiado por este tipo de preguntas. Pero los intelectuales sí. La receta de muchos historiadores germano-occidentales en la inmediata época de postguerra decía: insistir en las buenas tradiciones alemanas antes de Hitler y no ‘auto-ensombrecer’ el Estado alemán. En Alemania Oriental tuvo éxito la tesis del ‘camino equivocado de una nación’, insis- tiendo al mismo tiempo en que la República Democrática Alemana (RDA), que estaba en ciernes de constituirse, había abandonado definitivamente este camino equivocado:
“Resucitado de ruinas y encarado hacia el futuro”: así empezaba el himno de la RDA (Herf).
En la década de 1950, Alemania Occidental construyó una memoria que conside- raba la guerra como una parte de su propia historia, pero simultáneamente se distan- ciaba del régimen nazi: los alemanes recordaban la guerra como víctimas del nacional- socialismo, igual que otros europeos; pero mayoritariamente no como perpetradores
—una categoría restringida casi exclusivamente a los dirigentes del régimen. La pobla- ción alemana expulsada de la Europa Oriental, las víctimas de los bombardeos aéreos y los prisioneros de guerra ejemplificaban a las víctimas de esa memoria, a través de sus sufrimientos. Pero también se difundió algo así como una amnesia colectiva: nadie quería haber sido nazi, prácticamente nadie había aclamado a Hitler y nadie había te- nido conciencia de los crímenes antes del final de la guerra (de Toro Muñoz 216).
Desde comienzos de los años sesenta empezó en la República Federal, con gran- des esfuerzos y conflictos, un encaramiento activo del pasado nacionalsocialista. Poco a poco la conciencia política pública asumió que la República Federal procedía de un régimen criminal. Y cuanto más la República Federal ponía de manifiesto las hipotecas de su procedencia, hablando y debatiendo sobre ellas políticamente, tanto más recibió desde el extranjero reconocimiento y legitimidad. Otros estados sucesores del ‘Tercer Reich’ rechazaron más o menos exitosamente asumir los aspectos problemáticos y poco afamados de su pasado. A corto plazo, las cosas se les hacían así más fáciles, pero a largo plazo se crearon muchos problemas y desventajas. Esto es válido para la Re- pública Democrática Alemana, cuyo antifascismo abstracto y ordenado no logró im- pedir que al final el régimen estuviera completamente deslegitimado; esto también es válido para Austria, donde el país se auto-adjudicó el papel de haber sido la primera víctima de la expansión del ‘Tercer Reich’, ignorando durante décadas el entusiasmo por la ‘anexión’ (Anschluss) y la receptividad del país para el nacionalsocialismo (Wol- frum (Ed.); Wodak y Auer Borea (Ed.)). Mucho más tarde que en la República Federal de Alemania empezó allí el debate sobre cómo enjuiciar el pasado. Pero una vez em- pezado este debate, se desarrolló de manera más turbulenta que en Alemania. En Eu- ropa, después de la guerra se podía tener a lo largo de cuatro décadas la impresión de que únicamente la República Federal tenía una prehistoria onerosa. La convicción, asumida por la inmensa mayoría de los alemanes, de que su pasado dictatorial conlle- vaba una responsabilidad especial para el presente y futuro, se convirtió en la base moral de la República Federal. El cambio del olvido al recuerdo es, hoy en día, un principio político en Alemania. Representa un consenso en política de la historia, que no puede ser menospreciado o desatendido por ninguna persona si no quiere ser ex- cluida del seno de la sociedad. Este consenso ha reemplazado en su poder formativo
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la tradición, heredada de la Edad Antigua, de la oblivio como condición moral y jurídica para llegar a una reconciliación social: el potencial de reconciliación que tiene el olvido se contrapone a la fórmula patética de encaramiento y conlleva el potencial de apren- dizaje del recuerdo (Meier). (Últimamente, ante todo desde la ‘crisis de los migrantes’
en 2015 y el surgimiento del partido ultraderechista Alternative für Deutschland, se está desmoronando el consenso alemán sobre el pasado y se vuelven a oír de manera cada vez más agresiva reivindicaciones neonazis, en concordancia con tendencias populistas en otros países europeos.)
No es de extrañar la ambigüedad de la memoria alemana. Después de todo, mien- tras los vencedores de la historia han erigido memoriales a sus triunfos y las víctimas los han erigido a su sufrimiento, pocas veces una nación ha tenido que enfrentarse al hecho de erigir memoriales a las víctimas de sus propios crímenes. Ha sido una nación a la que, en cierto modo, se ha obligado a recordar el sufrimiento y la devastación que causó en nombre de su pueblo. Pero, ¿cómo puede un Estado incorporar sus crímenes contra otros en su memoria nacional? ¿Cómo recordar a las víctimas, desde el punto de vista de los perpetradores? (Hartman)
La lucha de Alemania con la memoria de su pasado nazi está reflejada en casi todos los aspectos de su sentimiento nacional: desde las deliberaciones sobre el retorno del gobierno a Berlín hasta su ambivalencia sobre la persecución de los criminales na- zis; desde el meticuloso proyecto de los museos en los antiguos sitios de los campos de concentración hasta una nueva generación de artistas que repudian las formas mo- numentales de esos memoriales, aún relacionadas con el arte nazi o de la dictadura comunista. Incluso la búsqueda de un ‘día nacional’ de recuerdo de las víctimas, un día que intente unificar a los alemanes en la reflexión memorialística de su pasado, pro- vocó más miedo que orgullo (François y Schulze (Ed.)).
Al principio, inmediatamente después de la guerra, las cosas habían sido muy di- ferentes. Pues al comienzo de la Guerra Fría la moral tuvo que ceder al pragmatismo.
¿Qué significa esto? La República Federal, en el año 1949 se planteaba la pregunta:
¿democratización e integración social de las élites funcionales del nacionalsocialismo, es decir, del grupo involucrado intermedio, o examen crítico y sin restricciones del pasado, así como castigo de los crímenes? En una especie de gran coalición, los ale- manes se decidieron por la primera opción, pues la necesidad generalizada de justifi- carse y una voluntad común de liberarse de la culpa y la responsabilidad, unía a la mayoría de los alemanes. Del Holocausto no se hablaba hasta el final de los años cin- cuenta.
En público, apenas se trataba del ‘Tercer Reich’. Solo minorías, por lo general grupos de víctimas, se atrevían a perturbar la defensa del pasado y a trasladar la culpa a otros. En manuales populares de historia de aquel tiempo, el nacionalsocialismo sur- gía como una irrupción no explicable, como castigo o como destino, y Hitler aparecía como demonio. Además, se equiparaba la dictadura nacionalsocialista y la dictadura comunista de Alemania del Este; después de la construcción del muro de Berlín en 1961, la RDA a muchos les parecía un campo de concentración (Wolfrum). La recom- pensación de las víctimas del nacionalsocialismo se hizo ‘de mala gana’. Israel recibió compensaciones, pero junto a la ayuda había demasiado cálculo y demasiada política exterior, de manera que no logró convencer moralmente. Se pagaba, donde la repu- tación internacional de la República Federal —y esto significaba en aquel entonces: la
Walther L. Bernecker
occidental— lo exigía, a saber, en Occidente. Víctimas de Europa Oriental no recibie- ron nada.
Desde que Theodor Adorno opuso, en 1957, al silencio la exigencia de ocuparse continuamente del pasado dictatorial alemán, el concepto Aufarbeitung ha tenido una carrera impresionante (Adorno). Por la cercanía con el concepto psicológico de Sigmund Freud del ‘trabajar recordando’ (erinnerndes Durcharbeiten) fue posible contem- plar la nueva orientación dirigida al futuro como represión y el desprenderse del pa- sado como una peligrosa ‘incapacidad de afligirse’.2
El ambiente y con él el recuerdo sufrieron cambios aproximadamente a partir de 1958, cuando escándalos antisemitas estremecieron la República. Las reacciones frente a estos escándalos tuvieron toda una serie de consecuencias: los Ministros de Cultura aprobaron nuevas reglas para las clases de historia, el legislador creó el crimen penal de ‘incitación del pueblo’, y por iniciativa de los grupos de víctimas finalmente empe- zaron a construirse monumentos conmemorativos. Además, los Ministros de Justicia de los Länder instalaron la ‘Institución Central para Documentar los Crímenes Nacio- nalsocialistas’ promoviendo de esta manera la persecución de los victimarios nazis.
Intelectuales como Rolf Hochhuth criticaron abiertamente el trato que se le daba al pasado nazi en Alemania, y un conflicto generacional radicalizó aún más el trato del pasado. Los debates sobre la prescripción en el Parlamento alemán que se realizaban desde 1965 —asesinato prescribía después de 20 años, ¿debía prescribir el genocidio nazi?— tuvieron una amplia resonancia pública, igual que el proceso contra Eichmann en Jerusalén o el proceso sobre Auschwitz en Fráncfort del Meno.3
Desde el cambio de gobierno en el año 1969, el recuerdo del nacionalsocialismo y la Segunda Guerra Mundial se politizó y polarizó cada vez más. Willy Brandt había sido opositor al régimen nazi y se auto-entendía como ‘canciller de una Alemania libe- rada’. Pero la oposición cristiano-demócrata alegó que no se podía ‘celebrar’ la capitu- lación del año 1945. Muchos conservadores rechazaron la cultura ‘izquierdista’ de la memoria diciendo que este comportamiento continuo de penitente traumatizaría para siempre el sentimiento nacional de los alemanes.
En 1979 tuvo lugar un suceso mediático. La serie televisiva Holocaust tuvo en la República Federal una elevadísima audiencia. Y siete años más tarde, en la llamada
‘guerra de los historiadores’, se discutió intensamente sobre la identidad de la Repú- blica Federal; el resultado de estos debates fue claro: la memoria del nacionalsocialismo seguiría siendo imperativa y constitutiva para el estado de derecho alemán y su orien- tación intelectual hacia el Occidente.4
2 El concepto es de A. y M. Mitscherlich.
3 Sobre los debates parlamentarios, véase Dubiel.
4 Sobre el fenómeno mediático de la serie televisiva Holocaust, véase van Kampen; sobre la ‘guerra de los historiadores’ acerca del ‘camino particular’ alemán (Sonderweg), véase Historikerstreit; véase tam- bién Mees.
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El trato del pasado nacionalsocialista en la República Democrática Ale- mana
La existencia de dos Alemanias, durante cuatro décadas, con características políticas y económicas tan diferenciadas, permite confrontar el funcionamiento de dos memorias colectivas muy diferentes, pero que hacen referencia al mismo pasado, para apreciar así las diversidades en que cada sociedad puede recordar una misma situación traumá- tica. Mientras que en la República Federal la confrontación con el pasado fue un pro- ceso continuo, con diferentes interpretaciones entre numerosos grupos, el partido uni- tario comunista de la RDA declaró que con la ‘revolución antifascista-democrática’ de los años 1945–1949, el nacionalsocialismo había sido eliminado definitivamente del territorio de la RDA. Por lo tanto, no había necesidad de seguir con debates sobre culpa y responsabilidad. La RDA rechazó todo tipo de responsabilidad judicial, moral o económica por el pasado. Se podía creer que Hitler había sido un germano-occiden- tal.5
Según el mito fundacional de la RDA, antifascistas alemanes habían vencido al lado de la Unión Soviética la dictadura de Hitler y habían creado la Alemania nueva.
Los nazis más importantes fueron ajusticiados, y los que en la jerarquía nazi habían estado en los renglones medianos y bajos fueron ‘domesticados’ por el Partido Comu- nista en un partido ‘de bloque’ nacionaldemocrático que había sido creado expresa- mente para esta finalidad. El antifascismo fue doctrina de estado y justificación inata- cable de la existencia de la RDA, en cierta manera era su pretensión de representar exclusivamente a Alemania.6
Pero debido a que poquísimos ciudadanos de la RDA habían sido opositores al nacionalsocialismo, el antifascismo tuvo que ser implantado en la memoria colectiva a través de rituales, monumentos, la escuela y las artes. De ahí se explica que el territorio de la RDA estaba plagado de monumentos y de inscripciones antifascistas. Y el ex- campo de concentración Buchenwald fue convertido por el Partido Comunista, con un esfuerzo mayúsculo, en lugar de la memoria de la heroica resistencia comunista contra el ‘Tercer Reich’. El partido lo eligió como su ‘olimpo rojo’.
Pero sería una interpretación errónea decir que el antifascismo de la RDA sólo había sido ‘impuesto’ desde arriba. Muchos ciudadanos de la RDA llegaron a adquirir posturas antifascistas que conservaron hasta el ocaso del segundo Estado alemán y en parte más allá. Ahora bien, por medio de la categoría ‘fascismo’, el nacionalsocialismo fue universalizado, lo que a fin de cuentas tuvo consecuencias fatales.
Como se sabe, el nacionalsocialismo se diferenció de todos los demás movimien- tos fascistas por intensificar el antisemitismo virulento o presente en toda Europa hasta la última consecuencia del exterminio total de los judíos. Este era el núcleo esen- cial de la doctrina nazi, y esta importantísima peculiaridad fue negada por la memoria germano-oriental, ya que el Holocausto no encajaba en el sistema clasista de los co- munistas alemanes.7
5 Sobre el diferente desarrollo de los dos estados alemanes después de 1945/1949, véanse Kleßmann; Bender.
6 Sobre la ‘memoria histórica’ en los dos estados alemanes, véase Danyel (Ed.).
7 Sobre el antifascismo en la RDA, véanse Grunenberg; Mätzing; Sabrow; Steininger (Ed.); sobre Buchenwald como ‘lugar de la memoria’, véanse Overesch; Zimmer.
Walther L. Bernecker
La cultura del recuerdo en la Alemania reunificada
Desde 1989/90 la situación ha cambiado considerablemente. En los años noventa, después de la reunificación alemana, hubo intensos debates sobre el pasado nazi en el ámbito público. En este proceso se presentaron imágenes del Tercer Reich y del Ho- locausto que rompían con los marcos típicos de períodos anteriores. La aceptación creciente, también entre los alemanes del Este, de un pasado común explica —por lo menos en parte— el ritmo y la intensidad con que los alemanes, desde la reunificación, se han enfrentado al pasado nazi. Al mismo tiempo, este último período de la historia alemana ha hecho que la memoria alemana se haya hecho más ‘inclusiva’, ampliando el entendimiento del pasado para reconocer a todas las víctimas e, incluso, a los per- petradores. Por poner un ejemplo: se ha creado un memorial que recuerda y analiza el papel de los perpetradores en la Casa de la Conferencia de Wannsee, que fue decisiva para el exterminio de los judíos en Europa.
Después de la re-unificación, las actitudes alemanas hacia el pasado nazi comen- zaron a transformarse. Para los germano-orientales era muy difícil ahora esconderse tras el mito del antifascismo y evadir el reconocimiento del pasado nazi. Pero la vo- luntad de los alemanes de enfrentarse a ese pasado ha llevado a que hayan asumido una nueva identidad nacional como pueblo que, a pesar de ser en parte descendiente de los perpetradores, ha conseguido asumir ese legado.
Siguiendo a la transformación sistémica en Europa del Centro y del Este, en círcu- los políticos se discute ante todo la cuestión de cómo las nuevas democracias encaran sus respectivos pasados comunistas. En el caso de la República Federal, el pasado nazi no ha perdido nada de importancia para su auto-entendimiento político-cultural. Buen ejemplo de esto son los debates sobre la ‘polémica de los historiadores’, sobre el libro de Daniel Goldhagen8, sobre la exposición sobre el ejército alemán del Instituto Ham- burgués de Investigaciones Sociales (Musial) o sobre los diarios de Klemperer. Pero al mismo tiempo, este tema en la República Federal va unido a la confrontación con el pasado de la RDA, ante todo en relación con los procesos penales y las actas del Mi- nisterio de Seguridad Estatal (Ministerium für Staatssicherheit (Stasi)). Por lo tanto, hoy no se puede decir que la ‘superación’ del pasado sea un asunto exclusivamente de la Re- pública Federal y solamente de importancia con respecto al pasado nazi. A lo sumo se podría decir esto en el sentido que la República Federal probablemente tiene la mayor experiencia en el trato de un pasado problemático y la herencia de un régimen criminal.
Además, probablemente sea el único país cuya imagen fue acuñada a lo largo de siete décadas por el encaramiento con este pasado. Las más importantes constelaciones nuevas desde el final del conflicto este-oeste se pueden resumir en unos pocos puntos (Lutz; Sühl (Ed.), Vergangenheitsbewältigung, 1992):
1. Como consecuencia de una doble memoria histórica del pasado, es decir del trato con la dictadura parda y roja, la teoría del totalitarismo está nuevamente en auge, tanto en Alemania como en toda Europa. Se pueden reconocer diferentes niveles:
mientras que en el occidente del continente el nacionalsocialismo es considerado, como antes ya, la mayor catástrofe imaginable, éste aparece en la parte oriental como una catástrofe menos grave en comparación con el comunismo.9
8 El debate está resumido en Heil y Erb (Ed.).
9 Sobre los horrores comunistas, véase Furet.
11
2. El pasado nazi sigue siendo en Alemania el decisivo punto angular como he- cho referencial negativo (véase, al respecto, el Monumento al Holocausto en Berlín).
Pero bajo la presión de la globalización de las memorias, el pasado nazi se convirtió en un argumento político para defender los derechos humanos. La denominación
‘Auschwitz’ llegó a ser un ‘Passepartout’ (una legitimación) para intervenciones milita- res, lo que quedó plenamente demostrado en la guerra de Yugoslavia. Como en la guerra de los Balcanes se trataba de impedir un genocidio o bien un ‘segundo Auschwitz’, el entonces ministro alemán de Exteriores, el verde Joschka Fischer, pudo convencer mayoritariamente incluso a su partido verde-pacifista de apoyar las inter- venciones militares.
3. Si la política alemana de reparación a los perseguidos del régimen nazi había sido, en tiempos del conflicto este-oeste, una política ‘a medias’, ya que excluía al este, después del cambio epocal de 1989–1991, esta política ‘a medias’ se eliminó finalmente en el año 2000, concediendo reparaciones a los trabajadores forzados de la época del
‘Tercer Reich’.
4. Ha habido un cambio dramático en el debate sobre las víctimas: hoy ya no se pone en duda que alemanes también fueron víctimas de la guerra iniciada por ellos. La consciencia de culpa alemana ya no impide tener presente experiencias propias y trau- máticas de huida y desalojo o de la guerra de bombas.
5. En Alemania misma se ha superado el ‘patriotismo negativo’, también como consecuencia del cambio generacional. Muy al contrario, hoy se puede hablar de una seguridad identitaria y de un ‘patriotismo alegre’ de los alemanes. En este sentido, el
‘cuento de verano’ del mundial de fútbol de Alemania en el año 2006 no fue un acto aislado, sino síntoma de un cambio.
6. A diferencia del dominio nazi, el dominio comunista de la República Demo- crática todavía no tiene un claro anclaje en la cultura política de la Alemania contem- poránea; todavía no ha sido asumido por la sociedad en su totalidad, sino que sigue siendo muy controvertido, con experiencias variadas (Assmann y Frevert). Lo que sí está empezando a discutirse —paralelamente al debate que se viene trayendo en otros países europeos sobre estos temas—, es el pasado colonial alemán y la cuestión, cómo puede y debe integrarse este complejo tema en la visión del pasado y cómo la sociedad alemana debe afrontar las cuestiones relacionadas con el imperialismo y racismo a lo largo de su historia.
El trato del pasado franquista en España: de la desmemoria a la memo- ria
La Guerra Civil española puede considerarse como la experiencia más traumática de la España del siglo XX, igual que en Alemania la Segunda Guerra Mundial y el Holo- causto marcan su evolución histórica. Aunque ambos acontecimientos no pueden compararse, debido al carácter único y singular del Holocausto judío, sí podemos com- parar el papel, tan distinto, que ha jugado la memoria histórica del pasado reciente en las sociedades de ambos países.
La Guerra Civil es un buen ejemplo de la existencia de diferentes memorias socia- les sobre un mismo hecho histórico: se dan memorias, en muchos casos excluyentes,
Walther L. Bernecker
que han emergido con especial fuerza después de la dictadura, entre la generación más joven, que busca recuperar una memoria marcada por el trauma de la guerra. En Es- paña, la revisión crítica del propio pasado comenzó a desarrollarse no hace tanto. Es- paña se encuentra en otra fase de la reflexión que Alemania, tras algo más de cuatro décadas de la recuperación de la democracia.10
¿Cómo se puede describir el caso español del trato del pasado? España se diferen- cia en más de un sentido de otros ejemplos europeos. La guerra que representa el núcleo de la cultura de la memoria discutida fue en primera línea una guerra civil. Si bien esta guerra, desde un principio fue internacionalizada, en su origen y en su im- portancia histórica fue en primer lugar un conflicto intra-español. Esto debe ser tenido en cuenta en toda consideración de la Guerra Civil española (1936–1939). A la guerra no siguió un régimen político que hubiera hecho posible un debate científico sobre esta guerra. Muy al contrario: siguió una dictadura longeva (1939–1975), que ejerció una brutal represión y sólo toleró una interpretación sesgada de la guerra. Se podía discutir únicamente la perspectiva de los vencedores y cuando finalmente, tras la muerte del dictador (1975) y la transición a la democracia, se podía defender la visión de los vencidos, el recuerdo de la guerra siempre iba parejo con el recuerdo de la dic- tadura y la represión. Estos aspectos no pudieron y no pueden ser separados (Aguilar Fernández, Memoria).
Tras la muerte del dictador, la transición a la democracia fue extraordinariamente rápida. Durante el franquismo y después, la Guerra Civil siempre había sido un punto de referencia obligado en el discurso político e histórico; casi nadie omitía resaltar el origen del régimen de Franco en la guerra civil. Por lo tanto, era de esperar que en la España democrática tendrían lugar muchas actividades en los aniversarios de la Guerra Civil, para satisfacer el interés de los ciudadanos por información. Ahora bien, los aniversarios de los años 1976 y 1979 tuvieron lugar en plena fase de la transición con todos los problemas políticos de aquellos años (Aróstegui). Tanto los políticos como la sociedad civil tenían que concentrar todas sus energías para realizar la transición de la dictadura a la democracia. Cuando finalmente pudo acabarse exitosamente esta fase, el aniversario de 1986 ofreció por primera vez en la España redemocratizada la posi- bilidad de recordar el comienzo de la Guerra Civil hace 50 años sin normativas ideo- lógicas estatales.
Pero comparado con la enorme importancia que esta guerra tenía y tiene para la España postfranquista, los actos eran más bien limitados. Además, la mayoría de las conmemoraciones formaba parte del dominio ‘distanciado’ de los historiadores (Arós- tegui (Ed.)). Todos los responsables política y científicamente estaban de acuerdo en un aspecto: las conmemoraciones debían estar desprovistas de sus antiguas funciones propagandísticas, y debían revestir un carácter estrictamente científico.
La España ‘oficial’ apenas se dejaba oír. En junio de 1986, pocas semanas antes de la fecha exacta del cincuentenario, iban a tener lugar elecciones parlamentarias, y el PSOE tenía que luchar por conservar su mayoría absoluta. En esta situación, política- mente un tanto delicada, los electores del centro y de la derecha moderada no debían ser asustados llamando la atención, públicamente y a través de medios comunicativos de masa, sobre la división de la sociedad española en los años treinta. Por aquel
10 Como resumen de los debates de los últimos años en España, véanse Bernecker y Brinkmann;
Cuesta Bustillo.
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entonces, el Partido Socialista había formado parte del espectro izquierdista de la vida política del país. Además, no se podría haber impedido un debate público en el que también se habría discutido la co-responsabilidad del partido obrero más importante en el ocaso de la democracia. (Por cierto: el silencio oficial también se apoderó de los políticos conservadores de la opositora Alianza Popular.)
La única declaración del Palacio de La Moncloa —que Felipe González hizo como Presidente de Gobierno de todos los españoles, y no como secretario general del PSOE— decía que “la Guerra Civil no es un acontecimiento conmemorable, por más que para quienes la vivieron y sufrieron constituyera un episodio determinante en su propia trayectoria biográfica.” Añadía que era “definitivamente historia, parte de la memoria de los españoles y de su experiencia colectiva.” El comunicado agregaba:
“Pero no tiene ya —ni debe tenerla— presencia viva en la realidad de un país cuya conciencia moral última se basa en los principios de la libertad y de la tolerancia.”11
Indudablemente, tales afirmaciones deben verse en relación con la construcción de la democracia después de 1975 y con la palabra clave de la transición: consenso. La experiencia traumática de la guerra civil, de violencia brutal y de división social ha sido, implícitamente, el trasfondo de muchas posturas y medidas en la fase de la transición:
de la aceptación de la Monarquía por parte de socialistas, de las posturas moderadas de los comunistas, de la ley de amnistía12 de octubre de 1977, de la colaboración de todas las fuerzas políticas en la elaboración de la nueva Constitución. La nueva demo- cracia no debía edificarse por una parte de la sociedad contra la voluntad de otra, sino participando todos los campos políticos en esta labor. Pero condición previa era la reconciliación de los antiguos bandos enemigos. No se debían saldar viejas cuentas aún no resueltas, sino las enemistades y luchas del pasado debían acabar definitiva- mente.
Este deseo de reconciliación y el miedo de volver a abrir viejas heridas habrá lle- vado a los socialistas a no conmemorar oficialmente el cincuentenario de la Guerra Civil, incluso a reprimirlo, y a mostrar políticamente comprensión por el ‘otro’ lado de antaño. El comunicado de La Moncloa de 1986 continuaba agregando que el Gobierno quería “honrar y enaltecer la memoria de todos los que, en todo tiempo, contribuyeron con su esfuerzo, y muchos de ellos con su vida, a la defensa de la libertad y de la democracia en España”, y que recordaba “con respeto a quienes, desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente, a la que también muchos sacrificaron su propia existencia.” El Gobierno manifestaba su espe- ranza de que
nunca más, por ninguna razón, por ninguna causa, vuelva el espectro de la guerra y del odio a recorrer nuestro país, a ensombrecer nuestra conciencia y a destruir nuestra liber- tad. Por todo ello el Gobierno expresa también su deseo de que el 50 aniversario de la guerra civil selle definitivamente la reconciliación de los españoles. (“Una guerra civil no es un acontecimiento conmemorable”)
De alguna manera, vencedores y vencidos habían conservado sus papeles. Los socia- listas en el Gobierno de 1982 a 1996 recurrieron al peso heredado del miedo como consecuencia de la guerra, para asegurar su cautela política, para no realizar ningún cambio radical que posiblemente hubiera podido poner en peligro la estabilidad del
11 Véase el artículo “Una guerra civil no es un acontecimiento conmemorable”.
12 Sobre la elaboración e importancia de la ley de amnistía, véanse Juliá (Ed.), “Memoria”; Brink- mann.
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sistema. La estabilidad política lograda en España tenía su precio político y moral. La paz sociopolítica debía ser pagada (Marañón). La supervivencia del sistema simbólico franquista —en algunos lugares, hasta el presente— recuerda que la reforma política partía de un pacto elaborado en las instituciones autoritarias, y que finalmente condujo a la transición. De acuerdo con este carácter transitorio, las Fuerzas Armadas pasaron sin ningún tipo de purga de la dictadura al postfranquismo.
El hecho de que no hubo una clara ruptura democrática con la dictadura franquista ha arrojado una sombra sobre aquellas áreas del pasado que son llamadas ‘lugares de la memoria’ (Nora (Dir.)). La transición fue una especie de ‘pacto de honor’ por el cual se realizó la compensación de los franquistas por desalojar el poder no haciendo uso político en los años después de 1975 del pasado, de la Guerra Civil y la represión franquista. Esto no sólo es válido para los gobiernos conservadores entre 1977 y 1982;
no es menos válido para el Partido Socialista Obrero Español (PSOE): con su renuncia a la historia, la socialdemocracia española perpetuó la pérdida de la memoria a la que fue obligada la población española en la dictadura. En ambos casos, la marginalización y la represión de la historia sirvieron para estabilizar las estructuras de poder vigentes.
Sobre la Guerra Civil, y más aún sobre los primeros años del franquismo, se tendió en los discursos políticos una capa de silencio, posiblemente porque la generación de la transición no consideró oportuno hablar sobre una época tan conflictiva de su his- toria. La importancia que desde la esfera estatal se dio al ‘progreso’ hizo aparecer dis- funcional la evocación de las épocas interpretadas como ‘negativas’. En aras de la men- talidad reconciliadora también se sacrificaron aquellos actos conmemorativos que mu- chos habían esperado del Gobierno en 1986 o 1989. Más bien, el lema proclamado hacia todos los lados por igual, rezaba: ‘Nunca más!’ La Guerra Civil se enjuiciaba como ‘tragedia’, como crisis que evocaba el derrumbe de todos los valores de la con- vivencia humana.
La recuperación de la memoria colectiva
Mientras que el lado franquista, inmediatamente después de la Guerra, pudo identificar a sus muertos y enterrarlos con todos los honores, algo parecido no se ha hecho hasta hoy con el lado republicano. Se estima que decenas de miles de republicanos muertos siguen enterrados en fosas anónimas. Desde hace más de 25 años, los familiares de estos muertos han presentado en vano solicitudes a los gobiernos democráticos. No fue sino en el año 2002, después de haber intervenido la Comisión de Derechos Hu- manos de las Naciones Unidas, que empezó a discutirse seriamente sobre esta cues- tión; los primeros muertos republicanos fueron exhumados y enterrados de nuevo en fosas familiares. Y no fue sino a finales de 2002 que el Parlamento promulgó una resolución exigiendo del Gobierno que apoyara financieramente las acciones de bús- queda y reconociera a las víctimas políticas del franquismo como tales. Pero el enton- ces gobernante Partido Popular logró impedir que se condenara explícitamente el golpe militar de 1936; además, se decía en la resolución, que el reconocimiento de las víctimas no debía ser usado para volver a abrir viejas heridas. Por lo tanto, no se debía acusar a los golpistas de 1936.
Entretanto, el recuerdo de las muchas víctimas de la guerra civil y la dictadura ha vuelto a la memoria colectiva (Vilarós; Medina Domínguez; Resina (Ed.)). Se empezó
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a discutir si aquel proverbial ‘pacto de silencio’ en el discurso político había existido de verdad, si se había basado en un consenso colectivo o si había sido impuesto por las élites políticas. En contra de las interpretaciones críticas, Santos Juliá afirma que la memoria histórica sólo fue relegada de la política, pero no de la memoria colectiva. El
‘consenso del silencio’ habría seguido a la sabia convicción de excluir la historia del debate político, abriendo al mismo tiempo el camino para un trato equilibrado del pasado por la historiografía (Juliá, “Raíces”y “Olvido”; Juliá (Dir.)).
Además, la cuestión de la represión franquista se adueñó de congresos y publica- ciones científicas (Bernecker, “Entre la historia”). Nuevo material de archivo hizo po- sible descubrir la estremecedora sistemática del aparato estatal de represión que, hasta comienzos de los años cincuenta, fue responsable de unos 140.000 muertos, explo- tando además a centenares de miles de republicanos en más de cien campos de trabajo (Juliá (Ed.), “Víctimas”; Elordi (Ed.); Torres; Casanova (Ed.)).
Si bien en noviembre de 2002 el Parlamento español condenó, por fin, unánime- mente la dictadura franquista prometiendo apoyo financiero a los familiares de las víc- timas, que querían abrir las fosas anónimas y volver a sepultar a sus familiares muertos por la República en fosas de testigos, el Gobierno, poco después, se negó a conceder los medios solicitados.
En vista de la postura gubernamental de rechazo, empezó en otoño del año 2000 una iniciativa local en Priaranza del Bierzo (Castilla-León) con las exhumaciones de cadáveres. El primer proyecto, realizado con ayuda de arqueólogos profesionales, bus- caba exhumar a trece ‘desaparecidos’ de la Guerra Civil. El enorme eco mediático llevó a la fundación de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) y de plataformas similares con presencia en Internet.13 La Asociación fue fundada por el pe- riodista Emilio Silva que buscaba los restos de su abuelo desaparecido. Desde su fun- dación, la Asociación lucha por aclarar asesinatos políticos y ejecuciones en masa per- petrados por los rebeldes durante la Guerra Civil contra los defensores de la República.
Pero debido al gran número de muertos no identificados, la Asociación no dispone de los medios necesarios para las exhumaciones (Silva).
Los diferentes esfuerzos por recuperar un pasado ‘prohibido’ o relegado significan un paso hacia la ‘normalización’ de la conciencia histórica, es decir hacia el acerca- miento de las disparidades existentes todavía en la memoria colectiva. Con un retraso de unos 60–70 años se empezó a vislumbrar una ‘superación’ pública con respecto al trauma más grave de la reciente historia española; para las generaciones afectadas di- rectamente, esta ‘superación’ en la mayoría de los casos llegó y sigue llegando tarde.
Actualmente existen, pues, en la sociedad española tres formas dominantes de memoria, que han pasado por períodos diferentes. En primer lugar, la memoria de identificación con los bandos en lucha o la confrontación entre ellos. En segundo, la memoria de la reconciliación, entendida como la superación del trauma colectivo, que se desarrolló ampliamente en los años de la transición y hasta mediados de la década de los 1990. Finalmente, la memoria actual, basada en la idea de la restitución de los derrotados.
La enmienda aprobada en la Comisión Constitucional del Congreso de los Dipu- tados el 20 de noviembre de 2002, en la que se condenaba el golpe de Estado del 18 de julio de 1936 (sin citarlo explícitamente) contra la legalidad republicana, perseguía
13 Véanse las páginas de la ARMH: http://www.geocities.com/priaranza36.
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la finalidad de ‘mantener el espíritu de concordia y de reconciliación’ de la Constitución de 1978. Distintos parlamentarios insistieron en la interpretación que con esta decisión se enterraban definitivamente las “dos Españas” (Antonio Machado) y se abría el ca- mino a los deseos de “paz, piedad y perdón” (Manuel Azaña) (Bedmar González).
Con el ‘des-cubrimiento’ de los crímenes, cometidos desde el comienzo de la Gue- rra Civil en nombre del Estado franquista, empezó ahora una confrontación pública con un pasado que desde la perspectiva de la historiografía ya no albergaba grandes secretos. Pero el público en general se adentraba en un campo que hasta entonces había sido esquivado conscientemente por sus imponderabilidades políticas. Este pro- ceso es de importancia ante todo a nivel individual. Bien es verdad que tampoco ahora se trata de aclarar jurídicamente las violaciones de derechos humanos cometidas a lo largo de la dictadura. Pero según las voces de los familiares que lloran la pérdida no aclarada de un allegado, no se trata de cometer venganza, sino más bien de aclarar los asesinatos y de recibir un gesto simbólico. Para muchos, el reconocimiento público de la injusticia cometida parece ser un gesto suficiente para hacer sus paces con el pasado más reciente.
Que el pasado represor franquista se haya convertido en los últimos años en un tema tan importante tiene que ver con que el Partido Popular bajo José María Aznar haya formado el gobierno de 1996 a 2004. Desde un principio, los conservadores se comportaron en cuestiones históricas y de política histórica como defensores del le- gado franquista. Frente a prácticamente todas las iniciativas de la oposición de honrar el recuerdo de los exiliados de la Guerra Civil o de conceder fondos para recompen- sarlos, el partido en el gobierno reaccionó con un rechazo —supuestamente, porque los textos de las propuestas de ley contenían condenas del golpe militar de 1936. Ade- más, el PP insistía en la idea que la Guerra Civil era una fase ‘superada’ de la historia española. En su segundo mandato, el gobierno Aznar rechazó más de 25 iniciativas parlamentarias de este tipo. Por otro lado, esta postura gubernamental llevó a activi- dades de la sociedad civil —generalmente apoyadas por la oposición— como la fun- dación de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica.
Hasta finales del gobierno Aznar en marzo de 2004, el ejecutivo obstaculizó casi todo tipo de trabajo de la memoria que podría interpretarse como una condena de los crímenes franquistas. No sería sino el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Za- patero, que asumió su función en marzo de 2004 después de los atentados terroristas de Madrid, el que finalmente cambió la política de la memoria.
El nuevo interés suscitado en España por la represión franquista y el debate pú- blico sobre estos temas son síntomas de un cambio histórico y epocal. Poco a poco está desapareciendo la imagen de la dictadura que ofreció la maquinaria propagandís- tica del franquismo y que se conservó durante mucho tiempo también en la democra- cia. Los historiadores tienen la obligación de aportar luz que ayude a desentrañar los episodios trágicos de la Guerra Civil y de la dictadura franquista; pero la rememoración de estos episodios trágicos no pretende resaltar las divisiones ni azuzar revanchas, sino reafirmar valores supremos como unión, solidaridad, paz y libertad que eviten nuevos conflictos. Los múltiples y serios trabajos de investigación de los últimos años contri- buyen a eliminar los fantasmas del pasado y a defender el derecho a la memoria y a la recuperación de la Historia que posee cualquier sociedad. El trabajo de historia y me- moria críticas sobre un pasado dictatorial resulta ser esencial cuando se trata de cons- truir la democracia, cuando el establecimiento de un sistema democrático arraigado es
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la tarea colectiva de toda una sociedad (Aguilar Fernández, “Justicia”; Cuesta (Dir.);
Núñez).
Por lo general, existe un consenso acerca de que el trabajo de la memoria tiene impulsos positivos para la consolidación democrática de una sociedad, ya que crea confianza en las instituciones del Estado de derecho. En el caso español, la nueva popularidad de la memoria, tan asiduamente promulgada en los últimos años, ha difi- cultado las perspectivas con respecto a un consenso de la memoria, a una unánime condena del pasado más reciente. La experiencia de los últimos años enseña que, en España, según parece, un trato crítico de la historia sólo es posible por el precio de una acentuada confrontación política y de la formación de dos campos ideológicos opuestos. ¿Confirma este resultado a posteriori la inteligencia política de los responsa- bles de la transición que optaron por no usar la historia como argumento político después de la muerte de Franco?
Si bien muchos analistas coinciden en situar la emergencia de las reclamaciones memoriales en España al comienzo de los años 2000, y en tomar la apertura de fosas comunes de la Guerra Civil y de la represión como detonante del posterior debate público sobre la memoria de la Guerra Civil y el franquismo, hay que señalar que ya en los primeros 25 años después de la muerte del dictador, el pasado no estaba com- pletamente ausente en el espacio público español. Incluso la expresión ‘memoria his- tórica’ fue utilizada ya muy pronto, si bien con un sentido diferente al que se le da en el actual contexto de ‘recuperación’. Con la expresión ‘memoria histórica’ se hacía alu- sión, en los años de la Transición, a la dictadura cuyo recuerdo colectivo, englobado por el sintagma ‘memoria histórica’ venía a considerarse así acervo y patrimonio co- mún, en una acepción integradora que traduce el espíritu de conciliación de aquellos años. Una memoria compartida que no excluía, sin embargo, la noción de recordatorio de los errores del pasado y conminación a no repetirlos. Ahora bien: también es cierto que la memoria de los vencidos no ocupó un lugar destacado en el espacio público.
Reflexión final
Los casos alemán y español de cómo encarar el pasado, muestran más diferencias que similitudes. En primer lugar, hay que resaltar que las guerras que se conmemoran fue- ron completamente diferentes: en el caso español, se trata de una Guerra Civil en la cual los dos lados se hicieron culpables —independientemente de que hubo grandes diferencias entre un lado y otro. Este caso español es muy diferente del alemán, en el que se trataba de una guerra internacional, y el análisis de esta guerra fue comenzado por los aliados victoriosos para ir alejándose a lo largo de los años de la guerra misma y concentrarse finalmente en la problemática del Holocausto. Cuando los alemanes se ocuparon ellos mismos del tema pasaría casi un cuarto de siglo hasta que empezaron con un análisis sistemático. En el caso español, durante 35 años —es decir, durante toda la dictadura franquista— no hubo ocasión de llevar un debate abierto, y después de la muerte de Franco pasarían otra vez más de 20 años hasta que el país se ocupó seriamente del tema. Las causas de esta nueva demora hay que buscarlas en el carácter de la guerra como guerra civil y en el generalizado rechazo de hacerse mutuamente reproches en una situación políticamente muy sensible como fue la transición de la dictadura a la democracia, durante la que encarar el pasado violento habría conmovido
Walther L. Bernecker
demasiado a la sociedad española poniendo al mismo tiempo en peligro el éxito de la Transición. Para ambos casos, tanto el alemán como el español, es válido que —según parece— se necesita toda una generación hasta poder discutir abiertamente los sensi- bles temas de guerra y represión. Fue el sociólogo Harald Welzer quien señaló que las sociedades precisan de unos 30 años para enfrentarse con hechos históricos traumáti- cos. Sin embargo, en el caso alemán no se produjo esa pausa antes del primer enfren- tamiento, sino que la memoria, ya fuese por imposición exterior o por la necesidad de superar los hechos, fue un fenómeno que apareció inmediatamente después de la gue- rra.
Lo que tienen en común el debate en torno al franquismo en España y sobre la memoria del Holocausto en Alemania es la preocupación por la relación entre los res- ponsables de los crímenes y sus víctimas y, por otro lado, la atención que se está dedi- cando a los últimos supervivientes de aquella época.14
Para conseguir una visión de conjunto sobre los procesos de la memoria histórica en España y Alemania, hay que tener en cuenta, además del factor de excepcionalidad de ambos hechos, las diferentes situaciones iniciales en ambos casos. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, Alemania vivió una profunda catarsis impuesta por los ven- cedores y el nacimiento de una nueva identidad nacional (muchas veces discutida), mientras que España vivió 40 años de dictadura en la que la verdad oficial careció de fisuras.
Tras la muerte del dictador, cuando parecía llegado el momento de recuperar la memoria histórica, el debate sobre la Guerra Civil fue aplazado, para no comprometer el objetivo de la transición pacífica a un régimen democrático. Sin embargo, en los últimos años las exhumaciones de fosas comunes, los numerosos ensayos publicados, el éxito de novelas sobre el pasado reciente en España, parecen sugerir que ha llegado el momento para completar el debate tanto tiempo aplazado.15
El Holocausto también ha provocado numerosos debates en Alemania, como la polémica sobre la creación del Memorial en Berlín a los judíos europeos asesinados.
Se trata de un tema que continuará siendo una preocupación central, durante mucho tiempo, de la sociedad alemana. Pero este no es el único período histórico que debe ser re-examinado: hace falta enfrentarse también a la historia de las dos Alemanias y a la reunificación, para permitir una asimilación verdadera de esas dos sociedades (Sühl (Ed.), Vergangenheitsbewältigung, 1994).
Lo que distingue el caso español del resto de las dictaduras europeas, a la hora de recuperar la memoria histórica de la represión franquista, es el hecho que no ha sido una recuperación inmediata, sino que se ha abierto paso, de forma muy fragmentaria
14 Para aspectos comparativos, véanse Bongardt y Wüstenberg (Ed.); Marcowitz y Paravicini (Ed.);
Olmos y Keilholz-Rühle (Ed.).
15 En este ensayo, no se tratará detalladamente el período que siguió a la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero. Este promulgó finalmente, en 2007, la Ley de Memoria Histórica que obliga al Estado a apoyar financiera y legalmente las exhumaciones, a prohibir el enaltecimiento de la dictadura franquista, etc. Pero antes de poder desarrollar ampliamente esta ley, Rodríguez Zapatero tuvo que ceder el gobierno a Mariano Rajoy, del Partido Popular, y éste enfrió inmediatamente todas las activi- dades relacionadas con la ‘memoria histórica’, alegando falta de fondos por la enorme crisis financiera y económica que siguió a 2008. Si bien el recientemente (2018) instaurado gobierno de Pedro Sánchez parece querer revivir la ley, todavía es demasiado temprano para poder analizar los resultados de las iniciativas más actuales en el campo de la ‘memoria histórica’.
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y ha tenido que esperar al final de la propia dictadura, de la transición y a unos veinte años de democracia para comenzar a manifestarse.
Las dictaduras, los totalitarismos, los campos de concentración, no pueden desa- parecer, como ha sucedido en el caso de España, por fenómenos que se han denomi- nado ‘transiciones amnésicas’. Esta transición, que está comenzando a superarse en la actualidad, ha sido la característica esencial de la memoria histórica española. Pero cuando se habla de lo mucho que se ha investigado y publicado sobre la Guerra Civil y el franquismo, como réplica al ‘pacto de silencio’, hay que señalar que existe una gran diferencia entre la historiografía y la memoria social, igual que hay una gran distancia entre los conocimientos académicos que se han desarrollado en las últimas décadas y los referentes que llegan al conjunto de la sociedad.
Por tanto, el hecho diferencial español, en referencia al conjunto de Europa, ha sido que la memoria no ha comenzado a desarrollarse hasta que la Transición española no se ha convertido en un objeto de estudio e interpretación histórico. En ese mo- mento se produjo la auténtica ruptura del consenso sobre la memoria social: mientras la izquierda apostó por una estrategia de reconciliación, como una vuelta a la demo- cracia rota en 1936, la derecha, sobre todo a partir de 1996, intentó hacer tabla rasa con el pasado condenando a la República y justificando el ‘alzamiento’ de 1936. En este proceso no cabía ningún tipo de condena de la dictadura ni de la represión del franquismo, porque la democracia llegaba por primera vez a España en 1978.
Un aspecto compartido tanto en Alemania como en España, que está comen- zando a estudiarse, es la dicotomía entre el recuerdo público del período de la dictadura y la forma en cómo se cultiva la memoria de esos años en los círculos familiares. En Alemania se han desarrollado diferentes estudios sobre el tratamiento que se daba al nacionalsocialismo en la comunicación familiar, sobre temas como la fascinación que en su momento ejerció el nacionalsocialismo o el dolor que sufrieron los familiares a causa de la guerra. Lo más sorprendente de este tipo de investigaciones es que la ma- yoría de los entrevistados negaron toda cercanía a personas allegadas al nacionalsocia- lismo, aunque fuesen miembros de las SS o la Gestapo (Welzer, Moller y Tschuggnall).
Esta actitud se explica como resultado de un dilema que vivieron los alemanes en las primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial: frente a la necesidad de asu- mir la responsabilidad histórica por los crímenes estaba la necesidad de tener personas en la propia familia que pudieran servir de referencia.
El historiador James E. Young señala que probablemente “el mejor memorial ale- mán a la era fascista y sus víctimas no será un simple memorial, al fin y al cabo, sino simplemente el debate sin fin sobre qué clase de memoria preservar, cómo hacerlo, en nombre de quién y con qué finalidad” (Young 21). Young resalta que es difícil que exista un simple memorial sobre el nacionalsocialismo, e igualmente difícil es que pueda haber una única narrativa del Tercer Reich. Solo el continuo estudio de ese pasado proporciona una conciencia y entendimiento crítico. Por cierto: lo mismo es válido para España y el trato del franquismo en este país. La continuación de ese de- bate ‘sin fin’ supone el mejor intento de superar la instrumentalización y tergiversación de la memoria (en ambos países).
El pasado, por definición, nunca es selectivo, porque las experiencias siempre con- forman una totalidad que nos condiciona. Sólo el abandono de la tentación de cons- truir una memoria selectiva, sesgada, permite vivir ‘con normalidad’. Dicho de otra manera: no puede haber normalidad en Alemania sin el recuerdo activo de los años
Walther L. Bernecker
1939–1945, sin el reconocimiento de los crímenes cometidos y sin la asunción de la culpabilidad, y no puede haber normalidad en España sin el recuerdo activo de los años 1936–1939, sin el reconocimiento de los crímenes cometidos en la guerra y por los detentadores del poder después de 1939 y sin haber aclarado definitivamente el paradero de los miles y miles de asesinados. Como el Holocausto en Alemania, la Gue- rra Civil española y la dictadura franquista forman un pasado que no acaba de pasar, que ha dejado heridas que aún están muy presentes en nuestras sociedades.
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